por Juan Carlos Pisano

Septiembre mes de la Biblia

La Palabra de Dios nos fortalece y le dá sentido a nuestra vida
«En el principio era el Verbo (la Palabra), y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba ante Dios en el principio. Por él se hizo todo, y nada llegó a ser sin él. Lo que fue hecho tenía vida en él, y para los hombres la vida era luz. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la impidieron». Juan 1, 1-5

Este párrafo es el comienzo del evangelio de san Juan que comienza de esta manera impactante revelando a Jesús y su naturaleza divina. Identifica a Jesús con la Palabra de Dios (el Verbo) es decir con la revelación más completa y definitiva que se existía desde siempre y se encarnó para compartir la condición humana y redimirnos.

Jesús es Dios y estaba con Dios Padre desde el principio; nada fue hecho sin él. Jesús es el principio y el fin; la raíz de la vida y el futuro de la existencia.

Conocer la Biblia es acercarnos al conocimiento de Dios y de su palabra. Los escritos del Antiguo Testamento que cuentan la historia del pueblo de Dios y su relación con el Padre como camino preparatorio de la plenitud de la revelación que es Jesús. Y los escritos del Nuevo Testamento que nos acercan al conocimiento de Jesús a través de los evangelios y de los consejos de los apóstoles a las primeras comunidades a través de sus cartas.

Hoy, los cristianos queremos acercarnos a la Palabra de Dios para adoptarla como estilo de vida y tenerla como guía en nuestro peregrinar en la construcción de un mundo de justicia, paz y libertad en camino al Reino de Dios.

Nuestra actitud ante la Biblia
La actitud del cristiano ante la Palabra de Dios no puede ser pasiva. Inspirémonos en lo que ocurrió en el nacimiento de Jesús:

Los pastores fueron y encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en un pesebre. Después de verlo, contaron lo que habían oído decir acerca de este niño y todos los que los escuchaban quedaron admirados.

Fueron; hubo movimiento; no se quedaron cómodamente instalados y cuidando sus rebaños. Una actitud que debe movernos a salir de nosotros mismos y a ir donde está Jesús.

Vieron; fueron capaces de ver y no se distrajeron con otras cosas. Nosotros también necesitamos ver. Ir hasta Jesús y verlo. Contemplarlo y admirarlo. Quien ve en serio y no superficialmente es difícil que olvide lo que ve.

Contaron; no se quedaron encerrados en sí mismos guardándose la experiencia vivida sino que la compartieron. Contaron lo que habían encontrado y descubierto a los demás.

Por eso, si vamos hacia Jesús y somos capaces de verlo y de escucharlo, no podemos menos que contarlo. Sólo así la lectura de la Biblia y la vivencia comunitaria tendrán verdadero sentido cristiano. Además, ir a Jesús también es encontrarse con nuestros hermanos. En la diócesis de Añatuya, el encuentro con los hermanos más necesitados es una forma concreta de descubrir a Jesús en aquellos que más necesitan de nosotros. Conocer su forma de vida, sus necesidades y su situación es un punto de partida concreto para salir de nosotros mismos y contarlo a los demás.

Oración antes de leer la Biblia

Jesús maestro que dijiste «donde dos o tres se reúnen en mi nombre yo estoy allí en medio de ellos», te pedimos que te quedes con nosotros que estamos reunidos para orar y meditar con tu palabra.
Sabemos que sos camino, verdad y vida, y por eso deseamos que nos ilumines para que seamos capaces de comprender plenamente tu mensaje.
También queremos que nuestro corazón sea tierra buena donde fructifique la semilla de tu palabra para que seamos verdaderos discípulos tuyos y nos convirtamos en misioneros de la Buena Noticia.

Oración para finalizar un momento de lectura y meditación bíblica

Jesús maestro que nos revelaste que el sentido de la vida está en conocerte a vos y al Padre, te pedimos que envíes la abundancia de los dones y de los frutos del Espíritu Santo para que nos guíe y nos fortalezca en tu seguimiento.
Danos la fuerza del amor para que seamos testigos vivientes de tu Evangelio.
Como María, madre y maestra, reina de los apóstoles, conservaremos tu palabra en nuestro corazón.

Diez consejos bíblicos para vivir intensamente

Amar sin condiciones.
«El padre dijo a sus servidores ¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y comenzaron la fiesta.» (Lucas 15, 22-24).

Aceptar a los demás como son y aprender a perdonarlos.
«Si se perdona una falta, se refuerza la amistad; si uno la da a conocer, perderá a su amigo» (Proverbios 17, 9).

No criticar a nadie.
«No juzguen a los demás y no serán juzgados ustedes. Porque de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes» (Mateo 7, 1).
No esperar a ser tratados como queremos sino tomar la iniciativa en hacer el bien de los demás.
«Que entre ustedes el amor fraterno sea verdadero cariño, y adelántense al otro en el respeto mutuo» (Carta de san Pablo a los romanos 12, 10).

Motivar a los demás y ser agradecidos.
«… anímense mutuamente y edifíquense juntos, como ya lo están haciendo. Hermanos, les rogamos que se muestren agradecidos» (1ra carta de san Pablo a los tesalonicences 5, 11-12a).

Ser buenos de corazón y comprensivos.
«Sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente como Dios los perdonó en Cristo» (Carta de san Pablo a los efesios 4, 32).

Acompañar en el dolor.
«Tres amigos de Job: Elifaz de Temán, Bildad de Suaj y Sofar de Naamat se enteraron de todas las desgracias que le habían ocurrido y fueron cada uno desde su país. Acordaron juntos ir a visitarlo y consolarlo (…) Luego, permanecieron sentados en tierra junto a él siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que su dolor era muy grande» (Job 2, 11 y 13).

Vivir la fraternidad.
«Hay amigos que son más fieles que un hermano» (Proverbios 18, 24b).

Ser pacientes.
«El hombre arrebatado arma peleas, el que demora en enojarse trae la calma» (Proverbios 15, 18).

Ser pacíficos.
«Hagan todo lo posible para vivir en paz con todos» (Carta de san Pablo a los romanos 12, 18).

Desde el principio de los tiempos, nuestro Dios ha querido mantener una viva comunicación con sus hijos, mujeres y varones que forman su pueblo. Dios nos habla en la Biblia, en los sacramentos, en la vida comunitaria, en los signos de los tiempos y en nuestro corazón.

La Biblia, como nos explica la Iglesia, es el libro del pueblo de Dios y en ella encontramos lo que Dios quiso decir a la humanidad a medida que se fue revelando a lo largo de la historia.

Por eso, tenemos que comprender que, aunque es la palabra de Dios, fue escrita por hombres y a la manera humana. El Concilio Vaticano II lo expresa de una manera muy clara: «Las palabras de Dios, al ser expresadas por lenguas humanas, se hicieron semejantes a la manera humana de hablar, así como un día la Palabra del eterno Padre se hizo semejante a los hombres, asumiendo la carne de la debilidad humana» (Constitución sobre la Revelación divina, 13).

Es decir que el mensaje de Dios nos llega con las limitaciones propias del lenguaje, de la cultura y de la realidad de la persona que redactó las escrituras. Ocurre igual si un músico quiere expresar una melodía pero tiene la limitación del instrumento con que la transmite; por eso es necesario prepararse para escuchar la palabra de Dios, entenderla correctamente y aplicarla a la vida.

Propongo un ejercicio simple
Encontrar un momento del día en el que se pueda estar con serenidad y calma. Con quince minutos alcanza pero hay que estar tranquilo y sin que nadie interrumpa este momento.

En un lugar apropiado, hacer una pequeña oración dando gracias a Dios, por la vida, por su palabra y por los regalos que hace a sus hijos. Respirar profundo y, si ayuda, cerrar los ojos para disfrutar de ese momento de encuentro con el Señor.

Pedir expresamente que derrame su Espíritu Santo para poder comprender las Escrituras: «Padre bueno, que la luz del Espíritu de Jesús me ayude a descubrir tu mensaje para poder amarte, servir a mis hermanos y ser feliz».

Leer detenidamente el texto elegido. Sin apuro y deleitándose con cada palabra. Cuando haya una frase que llama la atención, es bueno detenerse, repetirla y tratar de rumiarla para sacarle toda su riqueza.

¿Que sugiere la palabra de Dios que se está leyendo? Siguiendo los pasos que se indican en el recuadro se puede aprovechar mucho mejor.

Terminar este momento de escucha y de oración rezando un Padre-nuestro; si se hace cotidianamente es posible encontrar una nueva bendición cada día.

Cuatro pasos para la lectura de la Biblia

1 - Lectura

¿Qué dice el texto?
Leer y analizar el texto para comprenderlo; hacer silencio para que cale profundo lo leído y para recordarlo más adelante. Atender bien el sentido de cada expresión utilizada. Si es posible hay que tratar de conocer el ambiente y el contexto en que fue dicho o escrito.

2 - Meditación

¿Qué me dice el texto?
Una vez captado el mensaje se trata de ver qué le dice en particular a cada uno para aplicarlo a la vida personal, comunitaria y social.

3 - Oración

¿Qué le respondo a Dios?
Dialogar con Dios para encontrar aquello que él quiere de mí. Responderle con total sinceridad y de la forma más concreta posible a lo que me ha dicho con su palabra o, al menos lo que he escuchado a través de ella.

4 - Contemplación

¿Qué debo hacer?
Intentar ver la realidad con los ojos de Dios. Tomar conciencia de que muchas de las cosas que ocurren no responden a los sueños que tuvo Dios cuando nos creó. Éste es el momento de proponerse poner en práctica un compromiso concreto para hacer vida la Palabra.