por Florencia Rodríguez Petersen
Estamos de misión
Si, como dicen, “la medida del anhelo es la medida de las gracias”, entonces, era esperable que cada llegada al Paraje Santa Cruz, en el Depto. de Copo, fuera una lluvia de bendiciones, aunque, como siempre, Dios se pasó en generosidad y la comunidad nos sorprendió con infinitos gestos de amor.
Somos un grupo de jóvenes misioneros; un grupo como tantos otros y al mismo tiempo tan original y único. Venimos de distintos lugares: muchos somos del interior del país, otros de países lejanos y algunos hasta seguimos pensando que Buenos Aires es una ciudad “de paso”; traemos diferentes historias, costumbres y experiencias, y es justamente esta diversidad de vivencias la que enriquece al grupo. Pertenecemos a la parroquia de Nuestra Señora de Loreto (Capital Federal), a la que llegamos por distintos caminos; caminos tan insólitos a veces que parece imposible dejar de percibir, detrás, la mano del Padre.
De un modo u otro, él despertó en cada uno el anhelo y la necesidad de salir a compartir la alegría de ser hijos de Dios y nos reunió en el Grupo Misionero San Blas y nos envió a misionar.
Monte Quemado, en Santiago del Estero, fue nuestro destino. Cuando, a mediados de 2006, empezamos a preparar nuestra primera misión nos costaba identificar el lugar en el mapa. “Es esta ciudad, pero en realidad no es ahí sino a unos 40 kilómetros, un paraje en el monte santiagueño”. Y entonces, empezamos a concretar ese sueño -ya hacía tiempo esperábamos encontrar un destino de misión- y se intensificó el trabajo. Tuvimos más reuniones: nos sentíamos más responsables por esta misión que se nos había encomendado. Pero, al mismo tiempo, se intensificó el espíritu de comunidad, teníamos más alegría: rezábamos más por esta misión que se nos había encomendado.
El 29 de enero de 2007, con mucha ansiedad, algunas cajas de comida y utensilios de cocina, unas caras nuevas en el grupo y un par de “ausentes” –que vivieron la misión desde Buenos Aires, rezando con y por los misioneros cada día- y muchas expectativas, partimos a Santiago del Estero. Llegamos, por fin, a Monte Quemado y Dios quiso que todavía tuviéramos un par de días para preparar nuestros corazones antes de entrar al Paraje Santa Cruz al que durante muchos años no había llegado ningún grupo de la Iglesia, ni sacerdotes, ni consagrados.
No teníamos un plan muy estructurado: sabíamos muy poco de lo que nos esperaba. Pero, al mismo tiempo, teníamos la certeza de que Dios estaba con nosotros y que iba a llevar a cabo su plan. “No temas pequeño rebaño”, la frase del evangelio de Lucas (esa que sigue diciendo “porque el Padre de ustedes ha querido regalarles el Reino”) se convirtió en nuestro lema... No sólo para ese viaje a Santiago del Estero sino para la misión que llevamos a cabo cada día en nuestros ambientes.
La misión fue como tantas otras: salíamos en grupo con un chico del lugar –Rufa Juárez- que nos guiaba hasta los diferentes puestos y, una vez allí, nos dividíamos en parejas o tríos para visitar las casas. Sentíamos el calor, nos empalagábamos con cada mate y nos agotaban las caminatas. Sin embargo eso no era nada en comparación con lo que recibíamos: la calidez del hogar, los ojos atentos a nuestros gestos (y los oídos interesados en nuestras palabras), familias que nos esperaban con pan –o, mejor aún, riquísimas tortillas-, varones y mujeres que esperaban escuchar hablar de Dios, y sonrisas: muchas y profundas. Y a la tarde, todos venían a visitarnos a la escuela: entonces nos tocaba ser los anfitriones y, aun entonces, eran ellos quienes nos agasajaban. La Virgen nos acompañaba y era la reina en cada encuentro.
Cada momento fue especial: conocimos una comunidad que, a pesar de sentirse abandonada y de estar geográficamente alejada, cree en Dios... en un Dios vivo, que es Padre y que está detrás de los detalles. Nunca los escuchamos quejarse de él, ni siquiera hablar una palabra en contra de la Iglesia que durante tanto tiempo los tuvo “olvidados”. Sólo gratitud. Sólo esperanza. Sólo fe, una fe inigualable. Y fue justamente esta experiencia la que nos motivó para preparar con más fuerza la siguiente misión. Nos encendió, volvimos renovados y el grupo creció: no sólo éramos más sino que nos dimos cuenta de que, sin planearlo, habíamos incorporado a nuestras vidas la misa diaria y la Eucaristía se convirtió en un nuevo lugar de encuentro.
Llegó entonces la hora de partir a la “Misión de Invierno”, que duró menos de lo que nos hubiera gustado pero fue tan intensa que recibimos mucho más de lo que podríamos haber soñado. Una anécdota –de esas que cada vez vuelven a dibujarnos una sonrisa y llenarnos al mismo tiempo los ojos de lágrimas- refleja un poco lo que vivimos en esos días.
Una tarde le dimos los remedios a Perico, que se encargaba del puesto sanitario. Cuando ví que iba a dejarlos al puesto me eché un pique para chusmear el lugar, Perico me dijo que le parecía muy bien, que tenía que conocer y aprender; me di cuenta de que lo había prejuzgado, descubrí la razón por la que nunca lo había visto en el puesto y es que él va a las casas para que la gente no tenga que caminar y otros detalles. José, el Pollo y Perico charlaban de política... lo típico: que no hacen nada, que donde estarán, etc. hasta que Perico dijo: “entonces uno se pregunta ¿dónde está Dios?”. Como conté esa noche a los demás, le pedí a mi neurona que pensara rápido una respuesta porque yo no la encontraba. Pero Perico respondió: “... y llegaron ustedes”. Y de nuevo me emocioné, ¿Cómo alguien podía ver un poquito de Dios en mi?
Esas vivencias son las que permanecen en el corazón y nos recuerdan que, entre misión y misión, seguimos de misión. Sí, aunque suene redundante. El “tiempo ordinario” se vive mejor cuando uno puede redescubrir el amor de Dios en estas perlas. Entonces, uno vuelve a encontrar la fuente de alegría y un estímulo para seguir adelante... Es que no sólo se trata de ser su “pequeño rebaño” cuando estamos en Santiago sino de seguir amándolo y entregándonos a su amor –eterno y providente- cada día de nuestras vida... Es que, también en Buenos Aires, estamos de misión.
Claro que tener delante nuestro la misión de verano’08 hacía todo mucho más fácil: teníamos un objetivo bien concreto: volver a Monte Quemado y devolver a esa comunidad algo del amor que nos había regalado, contagiarles a esas familias algo de la alegría que habían sembrado en nuestros corazones. Teníamos varios frentes para trabajar: rezar por la misión y por nuestra comunidad de destino; programar las visitas a las casas (tanto las cuestiones logísticas como las espirituales); pensar dinámicas para trabajar con los chicos a la tarde y encuentros para hacer con los adultos; conseguir los medios para viajar –las cuestiones materiales no son un detalle menor-.
Nos pusimos manos a la obra y, enseguida, definimos el lema de nuestra misión: haciendo un rápido análisis de nuestras anteriores visitas al paraje percibimos que les costaba mucho trabajar en común, nos urgía despertar en ellos el anhelo de ser comunidad. Por otro lado, sabíamos que el amor por la Eucaristía y la alegría de encontrarnos (siempre) eran puntos fuertes de nuestro grupo. Entonces nos dimos cuenta del mensaje que queríamos compartir con las familias: somos comunidad en la alegría y en las dificultades. Llevamos, entonces, un lema que es a la vez una realidad y un ideal: “En Jesús, un solo cuerpo y un solo espíritu”.
Después de muchas horas de viaje y otras tantas con la incertidumbre de no saber cuándo íbamos a poder entrar al paraje, llegamos finalmente a la escuelita pasada la medianoche. La emoción que sentimos cuando descubrimos que había gente esperándonos a esa hora es indescriptible... Nos acomodamos un poco, celebramos Misa y creo que esa noche más de uno de nosotros se acostó preguntándole a Dios, con una sonrisa, si todo eso no sería demasiado...
Una vez más entre la Virgen y los lugareños se las arreglaron para regalarnos más de lo que nosotros llevábamos. En la primera visita a las casas, dejamos una Biblia (nos parecía fundamental llevarles la Palabra de Dios: entre todos y con ayuda de nuestros amigos y nuestras familias logramos juntar las 50 Biblias que necesitábamos) para cada familia y fue increíble ver, en la segunda o en la tercera visita, que habían estado leyéndola, ver cómo la cuidaban y descubrir el respeto con el que trataban.
Otra buena experiencia, más en sintonía con el mensaje que queríamos transmitir, fue una reunión que organizamos porque varios de los santiagueños nos plantearon la necesidad de juntarse mientras nosotros estábamos ahí para pensar acciones de trabajo común que beneficiaran a todos. La primera actividad que decidieron hacer fue arreglar el pozo de agua de la escuela que se había roto a fines de 2007. Al día siguiente nos emocionamos cuando, en el silencio de la adoración diaria, escuchamos que llegaba gente a la escuela: los mismos hombres que la tarde anterior habían discutido propuestas estaban ahora concretando una de estas actividades.
Fuimos a compartir la alegría de sabernos hijos de Dios Padre y hermanos en Jesús. Y ella, la Madre, nos reunió como familia. ¿Cómo lo sabemos? Muy simple, en la alegría profunda y duradera. Guardamos en nuestros corazones (y registramos con nuestras cámaras) muchas imágenes: las sonrisas espontáneas –entre tímidas, traviesas y cariñosas- de los más chicos, la generosidad de las mujeres para enseñarnos a hacer pan, el ejemplo de los padres mirando con amor a sus hijos, la solemnidad en cada Misa.
Y a la vuelta, como si tantos regalos no hubieran sido suficientes, teníamos el corazón lleno de Dios y la certeza de que no importa donde sea, estamos de misión.
Somos algo creativos y la misión –todos lo saben- es fuente de vida: no pudimos evitar escribir unas estrofas para sintetizar lo que estábamos vivenciando en la misión (una canción que nos identifica y que expresa mucho de lo que late en nuestros corazones):
Estamos de misión,
en el medio de la nada...
pero el corazón dice:
“no es una pavada,
ir a misionar,
tan lejos de nuestras casas
a otra realidad...
que será mejor.”
Y ahí es cuando todos lo miran a él,
que murió en la cruz para nuestro bien...
al que todos en el puesto llaman Dios Yahvé...
Así que vamos todos,
vamos a misionar...
Vamo’ a Monte Quemado,
vamos a misionar...
No importa la estación,
si hace frío o calor.
No importa si es tractor,
colectivo o camión.
Yo iré a misionar,
para a Jesús anunciar,
a otra realidad,
que será mejor..."
¿Dónde estamos? Pquia. Ntra. Sra. de Loreto, Juncal y Coronel Díaz, C.A.B.A. y en la web: http://gmsanblas.blogspot.com