por monseñor Adolfo Uriona f.d.p.

Hacer de nuestra Iglesia un “hogar”

Desde el inicio del año venimos preparándonos para un importante acontecimiento: el JUBILEO DIOCESANO DE 2011.
Estoy convencido de que será un momento de gracia particular en el cual Dios Padre, mediante su Hijo Jesús y por el Espíritu Santo, nos manifestará su infinita misericordia.
Para ello debemos prepararnos bien, desde lo profundo de nuestro corazón, aprovechando este “triduo de años” y dejándonos iluminar por el documento del Episcopado Argentino, “Navega Mar adentro” (2003).

NECESITAMOS UN “HOGAR”

Escribía en la Carta Pastoral de Cuaresma:
 “El gran desafío de nuestras comunidades pastorales (parroquias, capillas, escuelas, instituciones varias…) será el de buscar la manera de cómo ir creando un “espacio de encuentro, reflexión y fiesta, en generar un ambiente acogedor y cálido…, donde se eduque en la convivencia humana, con un estilo cordial y respetuoso….” 1

El hombre de hoy anda errante y desorientado, no se encuentra en este mundo como en su casa y sufre tremendamente la soledad.
Vemos tantos niños y adolescentes quienes, por fuerza o elección, pasan gran parte de su tiempo fuera de casa, en la calle, en las plazas… Los podemos encontrar en cualquier otro ambiente, menos en casa.

La crisis generalizada que afecta mayormente a la familia disgregándola, hace que la casa (los que la tienen) no sea más un “hogar”, es decir un lugar cálido, donde me siento a gusto porque experimento el “calor del afecto” de los míos, sino que se convierte en la “fría pensión” donde vamos a pasar la noche, para no estar, al menos, en la intemperie total.

Frente a este triste panorama, qué bueno sería que nuestras comunidades cristianas sean realmente un lugar que cobije a todas las personas, dándoles la oportunidad de vivir un espíritu de familia.

¿Cómo podemos hacer de la Iglesia nuestro hogar?

DOS BRACEROS ENCENDIDOS

Primeramente dejémonos iluminar por la Palabra de Dios:
“Todos se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones. Un santo temor se apoderó de todos ellos, porque los Apóstoles realizaban muchos prodigios y signos. Todos los creyentes se mantenían unidos y ponían lo suyo en común: vendían sus propiedades y sus bienes, y distribuían el dinero entre ellos, según las necesidades de cada uno. Íntimamente unidos, frecuentaban a diario el Templo, partían el pan en sus casas, y comían juntos con alegría y sencillez de corazón;   ellos alababan a Dios y eran queridos por todo el pueblo. Y cada día, el Señor acrecentaba la comunidad con aquellos que debían salvarse” 2

Este ha de ser el modelo a seguir en nuestras comunidades.
Se me ocurre una comparación. En mi recorrida por el interior de la diócesis, visitando las parroquias con sus numerosos parajes en el monte, aprovecho más el período invernal, dado que no llueve; hay mucha tierra pero caminos mejor transitables.

El invierno en Santiago del Estero no es muy largo pero sí tiene días de intenso frío. Varias veces me ha tocado visitar a las familias reunidas alrededor de un brasero. El frío del ambiente lleva espontáneamente a buscar este espacio de calorcito para compartir unos mates con tortillas y charlar. ¡Qué hermosos momentos pasados junto a la gente sencilla y bien hospitalaria!
Creo que esta imagen del encuentro alrededor del brasero nos puede servir. Me parece que cada comunidad debería tener algunos “braseros”, en el orden espiritual.
Nosotros, los católicos, tenemos dos poderosos braseros que deberíamos usar con más frecuencia:

El brasero de la Palabra de Dios:
Es el fuego de la Palabra que compartimos a través de la “lectura orante” el que ha de congregarnos para combatir el frío de esta cultura hostil e indiferente.
Cuándo nos reunimos en torno a la Palabra de Dios, experimentamos el calor de un Dios amoroso, que toma la iniciativa de acercarse a nosotros y que camina a nuestro lado, disipando nuestros temores.3

También sentimos que esa Palabra nos fortalece. En nuestra lucha por el “diario vivir” muchas veces las fuerzas flaquean, nos tienta el desánimo y no hallamos la salida a las situaciones difíciles. La Palabra viene en nuestra ayuda fortaleciendo y alimentando la esperanza.

Además, la fuerza de la misma, nos hace experimentar que es posible la comunión, el “ser hermanos”. Junto a ella nuestro corazón se “enternece” y así se disipan los rencores, las broncas y las divisiones que tanto daño nos hacen.

Por eso es tan importante que todos nuestros grupos parroquiales e instituciones se reúnan alrededor de la Sagrada Escritura y, mediante la lectura orante de la misma, salgan fortalecidos en la Fe y dispuestos a ponerse al servicio de los demás.

Porque siempre la Palabra nos envía, como lo hizo con María después de la Anunciación del Ángel, la cual “de inmediato” partió para ponerse al servicio de su prima Isabel;4 o también como les ocurrió a los discípulos de Emaús quienes inmediatamente, después de reconocer a Jesús, “se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén…” 5

La Palabra que ha sido auténticamente meditada y orada nunca queda encerrada en nosotros, siempre nos impulsa a salir, a ser misioneros, dado que un corazón, inundado por la presencia de Dios, normalmente se desborda hacia los demás para hacerles bien.

El brasero de la Eucaristía:
Dijo Jesús:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo» 6

El otro brasero que nos da calor es la Eucaristía. Ella es la fuente y la cumbre de la vida cristiana; todo surge de allí y allí desemboca.
Nos decían los obispos reunidos en Aparecida:
“La Eucaristía es el lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo. Con este Sacramento, Jesús nos atrae hacia sí y nos hace entrar en su dinamismo hacia Dios y hacia el prójimo…” 7

Creo que los agentes pastorales, a través de una oportuna catequesis, deben ayudar a todos los fieles a valorar más la participación de la Eucaristía dominical.
La vivencia de nuestra fe necesita que nos reunamos a compartirla mediante la “fracción del pan eucarístico”, si no lo hacemos, difícilmente nuestra fe podrá perseverar en medio de tanta superficialidad, indiferencia y hostilidad a la que se ve sometida por esta cultura dominante, que nos invade a través de los medios de comunicación.
La Eucaristía, desde los comienzos de la Iglesia, ha reunido a los cristianos, particularmente “el domingo”, (“el día del Señor”), ya que en ese día Jesús resucitó venciendo el poder de la muerte.

“Se entiende, así, la gran importancia del precepto dominical, del “vivir según el domingo”, como una necesidad interior del creyente, de la familia cristiana, de la comunidad parroquial. Sin una participación activa en la celebración eucarística dominical y en las fiestas de precepto, no habrá un discípulo misionero maduro. Cada gran reforma en la Iglesia está vinculada al redescubrimiento de la fe en la Eucaristía. Es importante, por esto, promover la “pastoral del domingo” y darle “prioridad en los programas pastorales”, para un nuevo impulso en la evangelización del pueblo de Dios en el continente latinoamericano” 8

¡Qué importante sería que en todos nuestros parajes, capillas o escuelas, podamos reunirnos el domingo a celebrar el día del Señor!
“A las miles de comunidades con sus millones de miembros que no tienen la oportunidad de participar de la Eucaristía dominical, queremos decirles, con profundo afecto pastoral, que también ellas pueden y deben vivir “según el domingo”. Ellas pueden alimentar su ya admirable espíritu misionero participando de la “celebración dominical de la Palabra”, que hace presente el Misterio Pascual en el amor que congrega (cf. 1 Jn 3, 14), en la Palabra acogida (cf. Jn 5, 24-25) y en la oración comunitaria (cf. Mt 18, 20). Sin duda, los fieles deben anhelar la participación plena en la Eucaristía dominical, por lo cual también los alentamos a orar por las vocaciones sacerdotales” 9
Lamentablemente hay muchos factores en nuestra diócesis -geografía extensa, distancias, malos caminos, dispersión de los poblados, carencia de sacerdotes, etcétera, que conspiran para que no siempre tengamos la celebración de la Misa.

Por ello me parece fundamental ante todo, el rogar intensamente al dueño de la mies para que nos envíe vocaciones sacerdotales que tanta falta nos hacen; y luego también, promover “ministerios laicales” (animadores, celebradores…) que se pongan al servicio de sus hermanos, para así, mediante la celebración de la Palabra y la distribución de la Eucaristía, todos nuestros fieles tengan la oportunidad de santificar el domingo.

La Eucaristía es fuente de comunión.
Lo expresa muy lindo el documento Navega mar adentro:
“Una auténtica espiritualidad de comunión nace de la Eucaristía. Ella colma con sobrada plenitud los anhelos de unidad fraterna que alberga el corazón humano. No es casual que el término comunión se haya convertido en uno de los nombres específicos de este sublime sacramento…” 10

Su fecunda acción va sanando nuestros vínculos de acuerdo al mandamiento de Jesús: “Ámense los unos a los otros como yo los he amado”. 11
Finalmente, como la Palabra la Eucaristía también nos envía para ser artífices de comunión en nuestros ambientes, promoviendo el diálogo, el respeto, la concordia y la paz.
“A partir de la comunión dentro de la Iglesia, la caridad se abre por su naturaleza al servicio universal, proyectándonos hacia la práctica de un amor activo que incluya a todos los excluidos. La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras…” 12

CONCLUSIÓN:
“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma”. 13
En nuestro peregrinar diocesano hacia el Jubileo del 2011 queremos que todas las personas vean y sientan que la Iglesia es su casa, un lugar acogedor que cobija y protege de las inclemencias de esta cultura posmoderna vacía, fría e indiferente y, muchas veces, hasta hostil y amenazante.
El mensaje es, entonces, para TODOS, ¡que nadie se sienta excluido!

Es fundamental entonces, nutrirnos como comunidad de la Palabra y de la Eucaristía y así reforzar nuestros vínculos de amor que hagan atractiva nuestra propuesta tal como la hicieron los primeros cristianos de Roma, de quienes decían admirados sus conciudadanos: ¡Miren cómo se aman!!!

+Adolfo A. Uriona fdp
Obispo de Añatuya 


1 .- CEA, “Navega Mar adentro”, cf. N° 83 y 86

2 .- Hech 2, 42-47

3 .- El texto de los discípulos de Emús: Lc 24, 13-33. “Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?».

4 .- Cf. Lc 1, 26-56

5 .- Lc 24, 33

6 .- Jn 6, 51

7 .- Documento de Aparecida, cf. 251

8 .- D. A., 252

9 .- D. A., 253

10.-  Navega Mar adentro, cf. N° 85

11 .- Jn 15, 12

12 .- N.M.A., cf.  N° 88

13 .- Hech 4,32