Monseñor Gottau: su vida espiritual

por Padre Hernán González Cazón

Confieso que abordo con temor este aspecto de la semblanza del obispo, por cuanto la vida espiritual de una persona sólo es conocida por Dios y lo que aflora es solamente la punta de un iceberg; por eso me limitaré a referir algunos hechos de los que fui testigo, junto con otras personas, que considero verdaderamente edificantes.

La obra llevada a cabo por monseñor Gottau no se explica solamente por la entrega del mismo a una gran acti-vidad, sino que, ciertamente, Dios jugó el papel principal, y el obispo se dejó conducir.

Siempre he pensado como él logró conciliar por una lado un trabajo profundo en el anuncio del Evange-lio, acompañado por otro no menos profundo en lo que se refiera a la promoción humana de estas zonas tan necesitadas.

En ambos aspectos hubo que hacer mucho y los frutos se comienzan a ver sólo después de mucho tiempo; por el contrario, las dificultades apa-recen de entrada y esto muchas veces puede desalentar. Frente a este panorama difícil Monseñor se apo-yaba en Dios. Todos los días, en Añatuya, se levantaba a las 5 y media de la mañana, y junto al padre Emilio, y el entonces padre Antonio Baseo-tto, cuando este se encontraba en el pueblo, tenían un largo rato de oración en la capilla del obispado, donde también se rezaba la liturgia de las horas. Me parece aún, verlo de rodillas, en un reclinatorio ubicado a la derecha de la capilla y casi pegado al altar, con su cabeza apoyada entre sus manos. Así estaba largo rato y rara vez tomaba asiento.

Era sumamente cuidadoso para la celebración de la Misa, que realizaba con mucha piedad, aunque no era para nada afectado. Su estilo era como su persona, sobrio, directo en sus homilías, sencillo como puede serlo quien se preparó para ser misio-nero y por eso era comprendido por todos, en esta zona, donde especialmente en el campo tanta gente no ha podido tener la instrucción necesaria.

No pasaba ningún día sin celebrar la santa Misa; cuando no lo hacía en alguna parroquia de la diócesis, la celebraba en la capilla del obispado, recogiéndose a su término, unos mi-nutos, en la acción de gracias.

Su preocupación porque la Eucaristía fuese celebrada en toda la diócesis, lo llevó a buscar sacerdotes en todas las latitudes del mundo y a trabajar intensamente en la pastoral vocacional, y también lo movió a construir muchísimas capillas, más de 100, a lo largo y ancho de su territorio pas-toral.

El aspecto mariano también se destaca en él; como buen hijo espiritual de san Alfonso María de Ligorio, su espiritualidad era profundamente redentorista, como es obvio, y por ello su devoción a la santísima Virgen en su advocación del Perpetuo Socorro, como así también a san José y a los santos de la congregación. Estas fiestas, además de su celebración litúrgica, en el obispado eran objeto de almuerzos especiales, donde todos compartíamos en familia, en clima alegre y fraterno.

El Rosario lo acompañaba siempre, en ocasiones cuando emprendía viajes más largos hacia el interior de la diócesis o hacia otras provincias, lo rezaba junto con su chofer, Carlos Barret, (quien lo acompañó muchos años y que falleciera en un accidente, poco tiempo después de la muerte de moneñor Gottau); otras veces lo recuerdo rezando en el patio del obispado al caer la tarde. También introdujo la costumbre, que aún hoy se conserva, de rezar en la capilla del obispado todos los días un misterio del Rosario al término del almuerzo
Sus pilares eran Jesús y María: Eucaristía y Rosario, sostenían toda su intensa y fecunda actividad. Precisamente hizo vida su lema episcopal que era “A Jesús por María”.

Cuando uno conversaba con él, advertía que estaba frente a un verdadero hombre de fe. Así fue como se entregó por amor al Señor en esta zona al servicio de los más pobres, y así fue también como supo ofrecer al Señor sus últimos y tan duros años, en los que fue probado especialmente por la enfermedad, que el ofrecía por su querida diócesis de la que en la última etapa ya era obispo emérito.

Pienso la gracia que ha significado el primer obispo de Añatuya y como Dios ha bendecido a esta zona, primero con la entrega generosa en el apostolado y las obras de promoción a lo largo de tantos años, acompañadas incesantemente por la oración de obispo, y luego con el ofrecimiento generoso de su dolorosa enfermedad.

Quiera Dios, que estos sencillos es-bozos de la figura espiritual de Mon-señor, nos muevan a todos a imitarlo en su devoción firme y sencilla.