La renuncia y la madurez

por Mamerto Menapace (publicado en su libro Madera Verde, Editorial Patria Grande)

La vida del cristiano implica un proceso de crecimiento y maduración, que exige renuncias personales y una actitud de desprendimiento.
Hay mucha gente que asume tareas en su parroquia o en el colegio de sus hijos con tales responsabilidades pastorales, que no le dejan tiempo para prepararse, disfrutar y crecer. Incluso hay quienes se quejan y protestan permanentemente por el “trabajo” que les acarrea pertenecer a la Iglesia. Este relato de Fray Mamerto puede ayudar a pensar y discernir la propia experiencia.

En enero es frecuente encontrar árboles que se doblan bajo el peso de la madurez de sus frutas. Y uno se pregunta qué toscas lamerán sus raíces, para parir semejante verano. Sobre todo cuando a su lado se ven crecer los cardos que se alimentan de la superficie y se atrincheran de espinas para defender lo que nadie les codicia. De una misma fertilidad, dos historias diferentes. Diferente profundidad.

Frente a mi ventana se alinean unos curiosos árboles frutales. No maduran su fruta para enero. La guardan para cuando comienzan los fríos.
Son los caquis. En el amanecer les escucho el ruido que hacen sus frutas pequeñas al desprenderse aún verdes del árbol. Sus frutas que ellos mismos dejan caer, mucho antes de haber sido plenamente.

Quizá estos árboles se liberan simplemente de algunas de sus posibilidades porque su instinto de frutal les dice que no podrán llevar toda su carga hasta la madurez. Han florecido ancho. Pero ahora, al ir respondiendo a las exigencias del crecimiento, reconocen que sus raíces, no darán para tanta fruta. Y por eso, por fidelidad a la madurez de lo que entregarán, renuncian al número de los que poseen.

El árbol de caquis tiene algo de original. No necesita la poda del jardinero. Lento en su crecimiento, se va agrandando con armonía. Como no exagera, no lo frenan.

Sin embargo, en el silencio del amanecer, siento rodar entre el follaje los pequeños frutos que golpean sordamente contra el suelo. Es como si por previa decisión renunciara a ellos a fin de llevar a la madurez los que retiene. Son tantos los que caen, que aquel que sólo los observa de pasada, creería que se trata de un fracaso total. Cuando se está frente a un árbol de esta especie, no debemos preocuparnos por el número de las posibilidades a las que renuncia, sino por la fidelidad a lo que consagra su savia.

Envueltos en la neblina del amanecer, los caquis, lloran lágrimas verdes de frutas pequeñas, renuncia que les exige la fidelidad de lo que está destinado a madurar. El árbol acepta el equilibrio que le imponen las raíces. Porque en definitiva sólo ellas conocen las auténticas posibilidades de cada árbol. Sólo ellas están en contacto con lo fértil que las alimenta. Están hundidas profundamente en la tierra. Y a la vez el mismo árbol conoce las posibilidades de sus raíces, cosa que ignoran los demás, por ocultárselas la tierra. Por eso cuando siento a un árbol renunciar al número de sus frutas, pienso que en la noche ha dialogado con sus raíces. Lo que explica la renuncia del amanecer.

Cuando los fríos comiencen, el dulzor de sus frutas será tanto, que ya nadie pensará en el pasado. La renuncia quedará en el secreto misterio de la generosidad del árbol.

Preguntas para pensar en el cuento:

· ¿Qué llama la atención del autor de los árboles en verano?
· ¿Qué sucede con los frutales que hay frente a su ventana?
· ¿Por qué se desprenden de algunos frutos? ¿En qué los beneficia ese aparente «fracaso»?
· ¿De qué depende, a juicio del autor, este proceso de desprendimiento? ¿Qué papel cumplen las raíces en estas renuncias?

Para pensar en la misión del catequista:

· Relacionar el cuento con la vida de cada uno. ¿Es sencillo renunciar a las posibilidades de dar muchos (exagerados) frutos para concentrar las fuerzas sólo en algunos (tal vez los verdaderamente importantes)?
· ¿Qué suele pasar, con nosotros mismos, cuando nos «cargamos» de actividades en nuestra vida?
· ¿Qué proceso realiza el árbol frutal que describe el cuento?
· ¿Cuál es el equivalente de las raíces en nuestra vida?
· ¿Qué sería, en nuestra vida, ese diálogo de las raíces, en lo profundo, en contacto con lo que fertiliza nuestros frutos?
· ¿Qué renuncias significativas hemos debido realizar en nuestro camino de la vida para responder a los desafíos de ser cristiano?
· Confrontar el cuento con la realidad de tu vida actual. ¿El Señor te está pidiendo alguna renuncia… que implique dar fruto más adelante?
· Apreciar que el cuento presenta un proceso personal de discernimiento… acá no hay una mano de afuera que pode (que a veces también es necesario) sino un proceso interior que, por el camino de las renuncias, llega a dar muchos frutos.