La palabra de nuestro pastor
CARTA PASTORAL DE ADVIENTO de monseñor Uriona
“El pueblo que caminaba en las tinieblas ha visto una gran luz: sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz… Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado. La soberanía reposa sobre sus hombros y se le da por nombre: «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz». Su soberanía será grande, y habrá una paz sin fin para el trono de David y para su reino; él lo establecerá y lo sostendrá por el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre” (Is 9, 1; 5-6)
Queridos hermanos:
Quiero comenzar esta Carta Pastoral de Adviento con este esperanzador texto de Isaías que se lee en la Misa de Nochebuena y donde el profeta anuncia el nacimiento de un “misterioso niño” que trae la luz de la esperanza para todo el pueblo sumergido en tinieblas. Este niño, de estirpe real, establecerá el derecho y la justicia y habrá una paz sin fin…
¡Qué consoladoras son estas palabras para todos nosotros que miramos con ojos de fe esta profecía de Isaías que se refiere al nacimiento del Salvador! El Adviento es un “tiempo fuerte” de espera confiada; esperamos en esta Navidad al Salvador que tanto necesitamos…
La Liturgia de la Iglesia nos regala en este tiempo un gran número de textos bíblicos cuya finalidad es ir preparando nuestra inteligencia y nuestro corazón para recibir a este Niño que es el Mesías el cual nos trae, en su “misteriosa debilidad” de recién nacido, la salvación poderosa del Dios trascendente.
El Adviento también coincide, prácticamente, con el final del año donde corresponde hacer un balance de todo lo vivido y actuado a lo largo del mismo.
Este año 2007 en la diócesis de Añatuya hemos transitado bajo un lema que tenía la misión de orientar toda nuestra actividad pastoral: “Seamos discípulos y misioneros de Jesucristo, practicando su Palabra”
Como expliqué en la Carta Pastoral de Cuaresma, este lema nos unía a todos los fieles de América Latina que estaban orando por la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que se reunirían en mayo a fin de analizar los importantes desafíos que esta cultura “posmoderna” presenta a la Iglesia en nuestro Continente.
Además, nos hacía tomar conciencia de nuestra condición de discípulos del Maestro, es decir, “seguidores” de Jesús, Camino, Verdad y Vida y “anunciadores” de su Palabra a nuestros hermanos, particularmente a los más alejados.
Decíamos también que para vivir estas dos condiciones es fundamental tener un contacto “continuo y perseverante” con la Palabra de Dios.
Nadie puede decir que es “discípulo” (seguidor) y “anunciador” de Jesucristo si no lo conoce y no lo ama. Ahora bien, para alcanzar ese conocimiento y enamorarnos del Señor tenemos un “medio esencial”: LA PALABRA DE DIOS. “Desconocer la Sagrada Escritura es desconocer a Jesucristo”, sentenciaba san Jerónimo, el primer traductor de la Biblia al latín.
FRENTE A UNA CULTURA DESAFIANTE
Todos estamos inmersos en esta cultura “globalizada” y somos víctima de los cambios profundos que se están produciendo. Los Obispos reunidos en Aparecida lo expresaban de la siguiente manera:
“Los pueblos de América Latina y de El Caribe viven hoy una realidad marcada por grandes cambios que afectan profundamente sus vidas…”. “La novedad de estos cambios, a diferencia de los ocurridos en otras épocas, es que tienen un alcance global que, con diferencias y matices, afectan al mundo entero. Habitualmente, se los caracteriza como el fenómeno de la globalización…”. “Esta nueva escala mundial del fenómeno humano trae consecuencias en todos los ámbitos de la vida social, impactando la cultura, la economía, la política, las ciencias, la educación, el deporte, las artes y también, naturalmente, la religión…”. “Esta es la razón por la cual muchos estudiosos de nuestra época han sostenido que la realidad ha traído aparejada una crisis de sentido. Ellos no se refieren a los múltiples sentidos parciales que cada uno puede encontrar en las acciones cotidianas que realiza, sino al sentido que da unidad a todo lo que existe y nos sucede en la experiencia, y que los creyentes llamamos el sentido religioso…”
Al sufrir esta “crisis de sentido” experimentamos una gran incertidumbre debido a tantas propuestas extrañas que, a través de los Medios de Comunicación, nos llegan de todas partes.
Estas nos desorientan y estamos “como a la deriva”, perdidos ante tantas cosas nuevas que cuestionan fuertemente los valores tradicionales que habíamos recibido de nuestra fe católica. Además percibimos que esta fe, muchas veces poco formada, débil e inconsistente comienza a vacilar, a dudar, de manera que muchos o la abandonan del todo o buscan otros caminos alternativos…
Y así, tal como el Señor nos lo describía en la Parábola del Sembrador, el demonio, o la tentación, o las preocupaciones, o las riquezas o los placeres de la vida nos arrebatan la Palabra de nuestro corazón, dejando de dar fruto.
Ya lo decíamos en la Carta de Cuaresma: “La fe popular está en una “situación de urgencia” y los grandes cambios culturales someten a la religión del pueblo “a una crisis decisiva”. Juan Pablo II habló de “cristianos en riesgo”.
JESUCRISTO, “CAMINO VERDAD Y VIDA” (Jn 14,6)
¿Qué podemos hacer ante este panorama desolador que nos puede inducir al desánimo, tentación con típica del Maligno que busca que bajemos los brazos en nuestra búsqueda y en nuestra lucha?...
Los Obispos en Aparecida reflexionaban así: “En este momento, con incertidumbres en el corazón, nos preguntamos con Tomás: “¿Cómo vamos a saber el camino?” (Jn 14, 5). Jesús nos responde con una propuesta provocadora: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Él es el verdadero camino hacia el Padre, quien tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él tenga vida eterna (cf. Jn 3, 16). Esta es la vida eterna: “Que te conozcan a ti el único Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado” (Jn 17, 3). La fe en Jesús como el Hijo del Padre es la puerta de entrada a la Vida. Los discípulos de Jesús confesamos nuestra fe con las palabras de Pedro: “Tus palabras dan Vida eterna” (Jn 6, 68); “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16)”
Sólo Jesucristo es el Señor. Sólo él es Camino, Verdad y Vida y, por tanto, sólo adhiriéndonos totalmente a su Persona podremos responder a las expectativas más profundas de nuestro corazón porque, como decía San Agustín: “Nos hiciste para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.
Nada ni nadie de esta tierra podrá calmar ni colmar nuestro inquieto corazón… El mundo nos invade con múltiples propuestas de orden material con la arrogante pretensión de hacernos felices. Percibimos que tales cosas, si bien muy llamativas y atrayentes, jamás nos llenan, por el contrario, normalmente dejan en nosotros un sabor amargo y una sensación angustiante de vacío. Como nunca en la historia el ser humano tiene tantos medios ofrecidos por la ciencia y la técnica sin embargo, también como nunca, el hombre padece una insatisfacción tan profunda que le provoca un sufrimiento enorme.
Por tanto, los que tenemos fe no nos cansemos de repetirlo y de gritarlo: ¡Sólo Jesucristo puede colmar los deseos más hondos del corazón, los demás serán sólo espejismos que terminan en frustración, tanto mayor cuanto más prometen!
Ahora bien, nunca fue fácil seguir al Señor; ni en su tiempo ni ahora tampoco. Él siempre exigió, a los que querían ser sus discípulos, un compromiso serio y una adhesión incondicional a su Persona, expresada en la escucha y en la práctica de su Palabra:
“¿Por qué ustedes me llaman: "Señor, Señor", y no hacen lo que les digo?
Yo les diré a quién se parece todo aquel que viene a mí, escucha mis palabras y las practica. Se parece a un hombre que, queriendo construir una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Cuando vino la creciente, las aguas se precipitaron con fuerza contra esa casa, pero no pudieron derribarla, porque estaba bien construida.
En cambio, el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a un hombre que construyó su casa sobre tierra, sin cimientos. Cuando las aguas se precipitaron contra ella, en seguida se derrumbó, y el desastre que sobrevino a esa casa fue grande” (Lc 6,46-49)
Y también desalentó a los que querían seguirlo de una manera superficial, es decir, sin tener una disposición a jugarse del todo por él:
“Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas!». Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza».
Y dijo a otro: «Sígueme». El respondió: «Permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios».
Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios» (Lc 9, 57-61)
¡Sí, Jesús es exigente, sin duda!!! Pero en su exigencia nos promete la vida eterna, la plenitud, eso que busca con ansia toda persona, muchísimas veces por caminos equivocados. Ese riesgo de equivocar el camino el Señor ya nos lo previno cuando, a través del evangelista san Mateo, nos dice:
“Entren por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran” (Mt 7, 13-14)
Tengamos cuidado con los caminos fáciles que la cultura de hoy nos ofrece; conducen a la muerte y no a la vida. Nosotros gritamos que sólo Jesucristo puede darnos la vida auténtica porque sólo él es el camino y la verdad.
EL ADVIENTO Y LA ESPERANZA
Comencemos este período de Adviento desde una “firme esperanza”, virtud fundada en la Fe, que nos impulsa a caminar como peregrinos hacia el Dios omnipotente y misericordioso que nos promete la Felicidad auténtica y a ser fuertes en la lucha por alcanzarla a pesar de los obstáculos de la marcha.
El Hijo de Dios, quien se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno de María Santísima, naciendo pobre y débil en Belén, es la garantía de que Dios Padre no se olvida de la humanidad que camina en tinieblas, por el contrario le profesa un amor tan grande que nos entrega lo mejor que tiene, su propio Hijo: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,16)
¡Vivamos de estas “certezas de fe”, qué se hagan convicción en nuestra vida y qué las anunciemos gozosos a todos nuestros hermanos!
¡María, la Virgen del Sí, Nuestra Señora de la Nochebuena, la discípula predilecta del Señor aumente nuestra gozosa esperanza!
+Adolfo A. Uriona fdp
Obispo de Añatuya