Más testimonios sobre monseñor Gottau
Gottau fue un gran padre, un gran pastor
Testimonio de Maria Luisa Quadri
Mi vocación misionera nació en el seno de mi familia y se fue perfilando con toda la educación que recibí, primero con las hermanas misioneras Siervas del Espíritu Santo y luego con los jesuitas. Con ellos comencé un trabajo más comprometido a partir de la universidad ya que trabajábamos con grupos de jóvenes misionando en barrios necesitados del Gran Buenos Aires, dando un tiempo de nuestro trabajo de la carrera que estábamos estudiando. Yo estudié psicopedagogía en la Universidad del Salvador y formamos lo que llamábamos un equipo de promoción cristiana.
Hacíamos muchas actividades, uno de los proyectos era el de donar un año de nuestra vida en algún lugar del interior del país en donde hiciera falta, trabajando como misioneros pero también dando algo de lo recibido en el estudio universitario, ejerciendo nuestra profesión. Así fue que escribimos a distintas localidades de nuestro país para ofrecernos.
Yo ya estaba casi terminando mi carrera, y quien nos contestó con mayor apertura y posibilidades fue monseñor Gottau, a quien hasta ese momento conocía sólo de nombre porque era el obispo de Añatuya. Eso fue en 1970, así que la diócesis era bastante nuevita y él en su afán de gran misionero y apóstol como fue siempre, un gran padre, un gran pastor, buscaba atraer gente para colaborar y continuar en su trabajo en una diócesis inmensa y con tanta necesidades.
Así fue que monseñor Gottau nos abrió las puertas y yo vine con otra compañera que también era psicopedagoga. Fuimos las primeras en hacer esa donación de un año. Mi compañera volvió a Buenos Aires una vez cumplido el año de trabajo, y a mí, en cambio, se me alargó un poquito ese año, pero bueno… (risas).
La posibilidad que nos dieron monseñor y el padre Emilio de Elejalde al recibirnos y la experiencia que tuvimos en esos doce meses fue maravillosa. Teníamos 22 y 23 años, nunca nos habíamos alejado de la familia y nos tuvimos que enfrentar con un mundo totalmente diferente y que no conocíamos. “Nos tiramos a la pileta” sin haber venido antes a misionar o a conocer; sencillamente hablamos con ellos, ellos nos dijeron que fuéramos y nos vinimos.
Estuvimos un año viviendo con Crescencia y con Pilar y trabajando en Añatuya y recorriendo mucho la diócesis. Teníamos un apoyo total de monseñor y del padre Emilio, siempre dándonos ánimo para el trabajo y acercándonos a esta realidad. Para nosotras fue un cambio muy grande y monseñor siempre con su buena disposición nos acompañó muchísimo y, en mi caso, también acompañó mucho a mi familia, tanto que después se hicieron muy amigos. Monseñor tenía esa capacidad, ese corazón tan grande para abrirse a las familias de los que venían a trabajar a la diócesis.
No sólo que estaba yo trabajando acá sino que él visitó a mi familia, se hizo muy amigo de mis padres. El padre Emilio también, tanto es así que mi a primer sobrino, que ahora ya es un hombre, médico ya, lo conocieron ellos antes que yo, en Buenos Aires. Es decir ellos eran muy cercanos a mi familia y por supuesto estaban siempre en conexión. Mis padres han venido aquí a Añatuya, mi hermana también que es psicopedagoga estuvo un año acá, mi hermano estuvo 6 años también trabajando acá porque él es ingeniero agrónomo y mi cuñada que es maestra jardinera también trabajó en Bandera. Monseñor siempre con esa capacidad de recibir a las personas que quisieran hacer algo para ayudarlo trabajando en su diócesis.
Una de las cosas que más he admirado de monseñor Gottau fue el espíritu apostólico y su corazón misionero. La disposición que tenía para con el más pobre y el más necesitado y ese carisma tan especial para descubrir las necesidades y colocar las cosas en los lugares precisos. Todas las obras buscaban paliar las necesidades de la gente. Cuando yo llegué a Añatuya todavía no existía la casa de oración, ni el hogar de discapacitados; recién en esos años había comenzado con el colegio San Alfonso y con el complejo Santa Rosa. En el interior, monseñor fue viendo las necesidades y respondiendo a cada necesidad con algo concreto para el bien de la gente. Y también quiero destacar las visitas, él era incansable, recorría toda la diócesis, conocía todos los rincones.
Estuve en Añatuya hasta que, en 1979, me fui a la parroquia del Boquerón, a la escuelita San Ignacio de Loyola del paraje Manga Bajada. Recuerdo que fue una de las cosas que a monseñor le costó bastante de aceptar. Cuando le dije: “Me voy a ir para el Boquerón, ahí a Manga Bajada”, él me respondió: “Pero Mari, no se vaya. Yo le ofrezco ir a la escuelita de Gauna que la estamos reorganizando, está cerca de Quimilí sobre asfalto” y yo le dije: “Pero monseñor usted está siempre predicando que hay que irse a lo más lejos, a los lugares donde más lo necesitan y ahora usted me está diciendo esto”. Ahí nomás se largó a reir y me dijo: “Bueno, tiene razón entonces”.
Entonces me fui con otra compañera a comenzar el trabajo allá. Desde que llegamos nos instalamos en un ranchito y Gottau nos visitó permanentemente; en un año iba hasta tres veces. Cuando viajaba a esa zona visitaba la parroquia del Boquerón, nos visitaba a nosotras y visitaba a las hermanas de La Candelaria que también empezaron en el 79.
Yo creo que, como dice el refrán, “Santiago no tiene riendas pero ata” y realmente los santiagueños te captan con esa capacidad que tienen de darse desde lo que no tienen. He aprendido muchísimo de ellos, más de lo que yo puedo dar. Especialmente me han captado los niños, me han enamorado en el buen sentido de la palabra. Monseñor me dio esa posibilidad de brindarme a los que más lo necesitan.
Realmente Gottau fue un santo, haberlo conocido y haber compartido el trabajo con él es una gracia de Dios. Fue un gran santo, que fue acompañado por otro santo, el padre Emilio que también fue un gran sacerdote, lo admiro, él también vino por seis meses y se quedó 31 años.
“Esta debe ser mi Africa”
Testimonio del padre Guillermo Bourdet (párroco de la parroquia Santa Rosa de Lima)
Cuando se despertó en mí la vocación, quizás un poco tardíamente, a los 18 años, tenía pensado irme a África y ofrecer mi servicio en algún lugar donde hicieran más falta los sacerdotes.
Yo soy nacido en Almagro, y quería vivir el sacerdocio en una comunidad necesitada. Por aquel entonces nos visitó un seminarista que era de Añatuya, que curiosamente empezó pero después no siguió, y como yo estaba con esa inquietud nos pusimos a charlar y él me dijo que monseñor Gottau andaba por Buenos Aires.
Entonces le propuse ir a conocerlo. En aquel tiempo yo no tenía ni idea de qué era un obispo ni un seminario ni nada de eso. Yo simplemente quería ser misionero y cuando lo conocí a Gottau me impacto mucho su figura, por su altura y por el tamaño de su búsqueda porque contaba con enorme fervor lo que estaba viviendo e intentando hacer en Añatuya. Contó que eran poquitos sacerdotes y entonces me invitó a ir para allá. Nunca me presionó, me invitó a conocer la diócesis, incluso me pidió que avisara antes de venir para que me pudieran preparar alguna recorrida, alguna visita a las parroquias.
Finalmente fue así y, con el padre Hernán, en el mismo tren, viajamos hasta Añatuya. Cuando arribamos aquí y ví la tierra toda agrietada como en las fotos de África dije “esta debe ser mi África”.
Fuimos conociendo las primeras obras, entre ellas el hogarcito San Vicente. Luego nos fuimos a Quimilí, que es la parroquia donde ahora estoy. Todo eso me impresionó tanto, al punto que las visitas fueron en diciembre y en marzo entré en el seminario.
Monseñor Gottau me pidió que fuera a prepararme a la región del NOA así que fui al de Tucumán. Y en el seminario, después de siete años de preparación, antes de terminar el ciclo, en octubre del último año de los estudios le pedí que me ordenara. Así fue que tuve que rendir las últimas materias ya ordenado y los profesores me cargaban; decían: “lo aprobamos o no, ya es sacerdote”. La cuestión es que la cosa estaba muy clara. Y yo creo que con el padre Hernán fuimos el tercer y cuarto sacerdotes ordenados en la diócesis.
En octubre pasado cumplí los 25 años de sacerdote, y uno recuerda con mucho cariño la figura de Gottau, la paternidad que él ha tenido, y su delicadeza. Me acuerdo de cuando estaba muy mal de salud, muy delicado, el día de su muerte, incluso creo que fue a la misma hora de su muerte, a tres personas nos pasó eso de despertarnos a la noche y sentir que él se despedía. Esto lo sentimos el padre José Furlani, Crescencia López y yo. No sé si habrá otros a los que les pasó y no lo expresaron, pero hasta esa delicadeza tuvo, de despedirse antes de irse.
La tarea sacerdotal actualmente es exigente en tanto y cuanto nosotros nos exijamos. No es que la gente nos demande demasiado, si uno se exige mucho puede estresarse, si uno no se exige puede estar tranquilo, pero hay alguien adentro que nos dice quiero esto o vamos para allá: es el Espíritu Santo, pero también es ese espíritu de misioneros que puso en nosotros monseñor Jorge, así que estamos inmensamente agradecidos y sabemos que no está muerto, que está vivo.