El padre Pepe llegó a la diócesis de Añatuya Cuando el obispo Adolfo Uriona le mostró al padre “Pepe” Di Paola la resolución con la que lo nombraba párroco de la parroquia Virgen del Carmen, de Campo Gallo, no dudó en firmarla porque, según lo que él mismo había dicho, eso le iba a permitir vivir uno de los momentos más importantes en su vida. Más de 500 personas colmaron la iglesia y nadie podía esconder su asombro y emoción por estar frente a un sacerdote popular y conocido en los estamentos sociales por su gran trabajo de lucha contra el “paco”, que desarrolló en la Villa 21 de Buenos Aires. Los fieles le brindaron un fuerte aplauso cuando rubricó con su firma la resolución de monseñor Uriona. “Yo, obispo de la diócesis, declaro al sacerdote José María Di Paola, párroco de la ciudad de Campo Gallo, ante todos los fieles presentes”, dice el escrito. De esa manera quedó oficialmente a cargo de esta porción del pueblo de Dios a la que aspiraba a integrarse desde septiembre del año pasado. Delante de todos se comprometió a “trabajar por los más necesitados y por los jóvenes y niños. Dejando en cada uno, el espíritu de Jesús resucitado”. Con la llegada del nuevo párroco, también se asistió a la despedida del padre Juan Pablo, que tuvo un carácter muy emotivo para la feligresía. Por su parte, monseñor Uriona, en la celebración de la misa, con la presencia de varios sacerdotes de la diócesis y los padres Rodolfo y Guillermo, de Villa 31, que llegaron desde Buenos Aires, hizo un llamado a la oración y a que “los fieles acompañen a este joven sacerdote que tiene ganas de trabajar”. “Sabemos de su capacidad y no hay que dejarlo solo”. Uriona se refirió a “las condiciones que tiene que tener el auténtico discípulo de Jesús”, e invitó al padre Pepe y a los feligreses a “ser luz del mundo”. Luego el obispo Uriona le entregó los óleos, estola, una Biblia y la llave del sagrario. Entre los desafíos sociales que son enormes, como la pobreza extrema, Uriona destacó la falta de fuentes genuinas de trabajo. Aun cuando en los últimos años se instalaron en la zona grandes hacendados para la explotación ganadera y agrícola (sobre todo para el cultivo de soja), los beneficios todavía no se perciben en la población local. "Son pocos los que pueden vivir de esto", agregó el obispo, y explicó que "más bien se generaron problemas" porque la mayor actividad revalorizó tierras que ahora comenzaron a ser vendidas, y la mayor parte de los nuevos dueños desalojan a las familias que vivieron allí durante medio siglo. Medios periodísticos de todo el país estuvieron cubriendo esta asunción como párroco ya que sabemos que se hacen presentes donde hay alguna noticia que puede serles útil. De Buenos Aires llegaron unas 50 personas que no quisieron perderse la primera misa del presbítero en la diócesis de Añatuya. El intendente de la ciudad de Campo Gallo, Amado Tomás Chamorro, también estuvo dándole la bienvenida al padre José María Di Paola y el funcionario ratificó su apoyo a la iglesia local “para trabajar en conjunto ayudando a los que más lo necesitan”. Después de una conversación con el padre “Pepe”, indicó que “es muy positivo contar con un sacerdote joven y pujante, y por eso necesitamos que todos nos ayuden, y nosotros, desde los organismos, ayudar a este sacerdote que seguro logrará grandes cosas por la gente en esta ciudad, como lo hizo en Buenos Aires”. Monseñor Adolfo Uriona, también manifestó su alegría por la llegada de un nuevo sacerdote para la diócesis e hizo presente a monseñor Jorge Gottau, agradeciéndole que desde el cielo siga procurando llevar a pastores tal como lo hacía en vida. El obispo declaró a Nuevo Diario que: “Este año de los 50 años de la diócesis, no es algo menor celebrarlo con la venida de varios sacerdotes y creo que monseñor Gottau nos está bendiciendo e iluminando. Ahora, hay que seguir apuntalando un trabajo genuino y estructurado. En este caso, estamos con grandes expectativas, por un hombre que ha tenido una fuerte repercusión mediática por su excelente trabajo de 14 años en una villa de emergencia de Buenos Aires. Pero viene a una realidad totalmente distinta a la de la villa, con gente nueva y distinta, pero se nota sus ganas de trabajar por la gente, y eso nos hace falta a todos”. Asimismo, se mostró agradecido con la gente de Campo Gallo y explicó que “es una ciudad muy pobre, y después de haber conversado con el padre Hernán, que es vicario general, y con el consejo presbiteral, decidimos que este era el lugar del padre, puesto que él, en el mes de septiembre del año pasado cuando vino a misionar esta zona, me contó de sus ganas y expectativas por realizar su tarea pastoral en este lugar. Ahora hay que acompañarlo”. En diversas entrevistas concedidas por el padre Pepe en esos días y publicadas por diversos periódicos, el sacerdote compartió unos cuantos conceptos que vale la pena reproducir. “Hay una pobreza del bolsillo, una pobreza económica que es muy preocupante porque hay gente que queda muy marginada. Pero, además, hay una pobreza estructural, que es aún peor. Y eso lo observé mucho en las villas, porque lo que antes alcanzaba para mantener una familia, hoy ya no. La falta de dinero, los precios altos, hacen que haya muchos desplazados (…). La Iglesia tiene como prioridad a los fac-tores sociales. Se toma la cosa en serio y trabaja en cosas puntuales y concretas. Pero la sociedad es la que tiene que acompañar y tomarse esto como algo importante. Falta ese sentido, charlar y entre todos encontrar una solución, y aquí también englobo la participación comunitaria (…). Me preocupa el individualismo. No hay cooperación ni solidaridad. Especialmente en los políticos. Y, ante todo, me preocupa la gente que ha sufrido la pérdida del sentido de la vida. En la villa trabajamos para inculcar a jóvenes el encontrar sentido a su vida (…) Fundamentalmente, para llegar hasta aquí me movió la fe que se traduce en obras. Esa fe se transformó en solidaridad y esa solidaridad en una convicción que la tuve siempre: trabajar en barrios y lugares pobres, por la gente humilde (…). Los jóvenes necesitan que el mundo adulto se ocupe de ellos. El mundo adulto abandonó la niñez y la adolescencia. Que un chico, hoy, tenga en sus manos un libro o una pelota de fútbol y no un revólver, tiene que ver con el mundo adulto. El padre Pepe dijo que va a recorrer de a poco toda la parroquia “para llegar a cada rincón y tratar de ir conociendo a la gente, a aquellos que vienen a la iglesia y a los que no vienen, y tratar de ir compartiendo esta nueva etapa de mi vida”. Con relación a su tarea misionera, consideró que lo más importante “es ayudar a que los niños y jóvenes desarrollen la capacidad que tienen; muchas veces se piensa que los chicos no pueden rendir más y a veces la sociedad hace creer esas cosas y no es así”. “Hay que pensar que tenemos una sociedad donde hay muchos que no tienen las mismas posibilidades y hay que tratar de ayudar desde la Iglesia a que sea más equilibrado y que estos chicos puedan crecer. Vamos a complementar el trabajo con las escuelas públicas, porque el chico va a la escuela de lunes a viernes y los fines de semana tiene que seguir teniendo una propuesta positiva para la vida. Esto tiene que ver con la educación, los campamentos, el deporte, las recepciones, el teatro, la música, cosas importantes para que pueda seguir creciendo como corresponde”. Di Paola se encontrará entonces con problemas conocidos para él como son la tenencia y la ocupación de tierras, la falta de trabajo y las consecuencias económicas y sociales de la ausencia del Estado durante décadas. Cambia para él el esce-nario geográfico y las condiciones de vida. Y cambian las distancias. En la villa de Barracas, de 70 hectáreas, Di Paola podía visitar varias veces a la semana la treintena de capillas y ermitas que dependían de su parroquia. Acá no podrá hacerlo. No hay otra parroquia en la diócesis con tanto territorio. Pertenecen a su jurisdicción 28 parajes ubicados hasta a 110 kilómetros de distancia. Muchos de ellos no tienen radio ni buenos caminos de acceso.
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