por Celeste Wagner (20 años)
La experiencia de misionar: dar y recibir amor
Los directivos del Instituto San Luis de Victoria fueron unos de los primeros en poner su institución a disposición de monseñor Adolfo en cuanto se enteraron de la nueva misión que le encomendó la Iglesia en mayo de 2004. El vínculo entre el colegio y la diócesis de Añatuya sigue creciendo y se sigue fortaleciendo. Como prueba de ello publicamos este artículo en el que Celeste nos cuenta la evolución del grupo misionero y nos transmite el sentimiento que los impulsa a comprometerse cada vez más con las comunidades misionadas.
Hace cinco años un grupo de jóvenes del Instituto San Luis, un colegio secundario de San Fernando, provincia de Buenos Aires, con la ayuda y el apoyo de directivos, docentes y familiares, se propusieron comenzar a poner en práctica y plasmar en acciones esas ganas de ayudar y de regalar un poco de sus corazones a gente dispuesta a recibirlo.
En el 2006 se consolidó el grupo misionero “Santa María del Camino” compuesto por menos de veinte chicos, de entre diecisiete y dieciocho años, apoyados e impulsados desde un comienzo por sus docentes de catequesis, Verónica y Mariel. Desde entonces decenas y decenas de chicos pudimos vivir la hermosa experiencia que es misionar, de entre los cuales somos hoy, de manera permanente, casi ochenta los que viajamos anualmente a Añatuya, para misionar en los barrios “Setenta viviendas” y “San Jorge”, y el recientemente incorporado “La leñera”.
Este año 2010, algunos de los egresados, impulsados por la necesidad y el deseo de dar un paso más, comenzamos a trabajar con Caritas Añatuya, para poner en práctica un proyecto de formación de líderes comunitarios ya aplicado en otros lugares por dicha institución, para ayudar a que las comunidades con las que compartimos y trabajamos, puedan unirse y en base a esa unión crecer y desarrollarse trabajando en conjunto y solidaridad.
Misionar es una de esas experiencias que abruman un poco nuestras vidas, en el sentido de que exaltan muchas emociones, sentimientos, a veces un tanto contrarios, y nos ayudan a conocer o redescubrir lugares de nuestro corazón que quizás estaban inexplorados. Una experiencia generadora de todo esto hace, indefectiblemente, luego de vivirla, que se intensifique un poco cada uno de los espacios de nuestras vidas, quizás para siempre. Es a partir de esa intensidad, de esa exacerbación de lindos y puros sentimientos, que se multiplican las ganas de querer dar más, de compartir, de vivir la vida de otra manera y de transmitir esas nuevas formas de transitarla a todas aquellas personas que nos acompañan en ese camino.
Luego de misionar durante cuatro años, aprendí muchísimas cosas y, entre otras, llegué a la profunda convicción de que la gente en general es naturalmente buena. La mayor parte quiere, o está dispuesta, a ayudar y se siente bien haciéndolo. Hacer el bien es una de las cosas que “más bien” puede hacernos, y estando bien hacemos bien a muchísimas personas. Las sonrisas, tan sinceras, desinteresadas y hermosas, que nos regalan cada una de las personas que conocimos y seguimos conociendo en Añatuya, nos reencuentran con lo más lindo que tenemos, que es el amor.
El amor, el cariño y la paz, sentimientos muy puros y cercanos a nuestro yo más interior, se multiplican en los otros cuando uno los entrega con sinceridad, sin esperar nada a cambio. Misionar para nosotros es eso, es compartir lo más preciado que tenemos, lo más nuestro y por ende más honesto, y darlo a otros desinteresadamente, confiando en que eso se va a conservar y multiplicar en otros, generando cadenas de amor, con suerte, interminables.
Esa es otra de mis convicciones, el amor se propaga y materializa cuando se entrega de verdad. Por todo esto, y como decimos siempre nosotros, misionar hay que misionar siempre, en cada momento y lugar de nuestras vidas y con todas las personas. Hay que propagar y difundir el sentimiento de la misión, las ganas de misionar que es, nada más ni nada menos que el de dar amor. Estar en paz con uno mismo y compartir eso con todos y confiar en que si esa entrega es plena y sincera, cosas lindas van a generarse siempre, por pequeñas que sean.
Si queremos que quede presente un mensaje en cada uno de los que lean estas palabras, es que nunca duden en encontrar y crear espacios para ayudar, en regalar sonrisas, en dar amor y saber recibirlo. Si somos más, hacemos más. Hagamos que ese “más” sea, siempre, un límite inalcanzable.