por Juan Carlos Pisano

Impulsar la misión diocesana

El obispo Adolfo Uriona, en su carta pastoral publicada en esta misma revista, insiste en la importancia de asumir los objetivos de la misión diocesana y, por eso, me pareció oportuno hacer un aporte que pudiera sumar, aunque sea un granito de arena, a la tarea de quienes apoyamos la obra del obispado de Añatuya, tanto para quienes viven en la diócesis como para quienes acompañamos desde otros lugares.

Llegar a todos con el anuncio del kerigma a fin de que nuestros fieles tengan un encuentro personal con Jesucristo.

El mensaje del evangelio tiene que llegar al hombre de hoy con la intensidad que Jesús le dio al hacerse uno de nosotros. Sin lugar a dudas, Dios, desde el mismo acto de crear, inició un proceso de comunicación con sus hijos e hijas. Un padre deseoso de ofrecer el camino hacia la felicidad plena. Así, se fue comunicando con una humanidad niña y fue cambiando su lenguaje a medida que pasaron los años y creció su pueblo.

Llegado el tiempo de una cierta maduración, Jesús se hizo presente con la ley del amor, que fue un paso enorme para quienes consideraban que seguir a Dios se lograba sólo con cumplir la ley de los antepasados. Y Jesús recurrió a varias formas novedosas para trasmitir su mensaje. La primera de ellas, convirtiéndose él mismo en el mensaje; su vida y su testimonio.

También con la palabra, en la predicación. Aprovechando las imágenes cotidianas (las espigas de trigo, los pájaros del cielo que no siembran ni cosechan), utilizando parábo-las (historias y cuentos sencillos con moraleja), signos de hondo contenido trascendente (los milagros) y gestos, miradas y lo que fuera necesario para que, conociéndolo a él, pudieran conocer al Padre.

La catequesis y la evangelización tienen que seguir siendo creativas para transmitir aquel mensaje de siempre, con el lenguaje del hombre de hoy. Comprender que no es una tarea de instrucción sino un verdadero encuentro perso-nal con Jesús. Comunicar es un proceso de dar y recibir mensajes por medio de los cuales se crea una situación en la que se ejerce plenamente la dignidad humana. Otras especies pueden establecer entre sí algunas formas primi-tivas de comunicación. Sólo el hombre, por medio de la comunicación, crece como persona y afirma esa dignidad. La comunicación humana es base y punto de partida para el ejercicio de la libertad. En el proceso de comunicación, inteligencia y voluntad se conjugan de manera única para establecer lazos de unión entre personas.

El encuentro entre personas debería ser, siempre, un momento de comunicación, aunque la realidad parece decir que la mayoría de los encuentros, son meros contac-tos superficiales entre soledades aisladas. Y, lo mismo que juntar soledades no significa favorecer la unión, cruzar palabras y gestos no es, necesariamente, comunicación. La evangelización y la catequesis no pueden ser ajenas a la comunicación. Hay que tomar conciencia de su impor-tancia primordial.

El catequista tiene que hacer nacer a Jesús, salvando las distancias, como lo hizo María; ella, con su donación y entrega, poniéndose en manos de Dios, aceptó la invita-ción para ser la mamá del salvador y gestar en su vientre la persona humana de Dios y darle el rostro divino al hom-bre. De esa manera, se convirtió en modelo de lo que todos los cristianos debemos hacer: dejarnos “embarazar de Dios” para poder ofrecerlo a los demás.

María fue instrumento excepcional para que se produjera la encarnación y, con su sencillez y su humildad permitió que se produjera el milagro más maravilloso que cambió la historia de la humanidad. Nosotros tenemos que per-mitir que Jesús siga naciendo entre los hombres. Y como nadie dá de lo que no tiene, es necesario que, previamente, nos llenemos de Dios, de su gracia, que el Señor esté con nosotros, que nos “embaracemos” de Jesús, para poder ofrecerlo, darlo, hacerlo nacer.
Dar testimonio, practicar la justicia, y vivir en el amor son maneras que están a nuestro alcance para que el milagro siga produciéndose. Es la forma en que el mundo puede conocer que la vida tiene sentido y que Dios nos creó para que formemos una gran familia de hermanos y lleguemos a su casa para ser felices para siempre.

María, embarazada de Jesús dio muestras de servicio dejando la comodidad de su hogar para visitar a su prima Isabel que también estaba embarazada y, por ser mayor, necesitaba ayuda y compañía. Pensar en los demás y tender nuestra mano generosa es su enseñanza.

A veces, los cristianos tenemos la tentación de pensar primero en nosotros mismos y ni siquiera vemos que pue-de haber alguien que necesite ayuda, comprensión y cariño. Ver las necesidades de los demás es el primer paso para iniciar el sendero de la caridad. No se puede andar por la vida con los ojos cerrados a la realidad porque, así, también se cierra el corazón. En numerosas ocasiones esa actitud es inconsciente, pero en algunos casos, hay quie-nes cierran los ojos a propósito o esconden la cabeza como el avestruz, creyendo que lo que no se percibe, lo que no se ve, no ocurre.

Es imprescindible “ver” para poder salir de uno mismo y compadecerse de los demás. Recién a partir de la compasión es posible dar el paso hacia la acción.

Lograr la renovación de nuestras parroquias a fin que las mismas continúen en “estado de misión permanente”.

Para lograr la renovación de las parroquias es necesario, como dice el documento final de Aparecida “una conversión pastoral”.

«La conversión pastoral de nuestras comunidades exige el paso de una pastoral de pura conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que “el único Evangelio se introduzca en la historia de cada comunidad eclesiástica” con un nuevo entusiasmo misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera» (Aparecida, n° 370).

Esta pastoral es nueva para nuestra época. Exige una travesía. Requiere dejar lo conocido por lo desconocido, el confort por el disconfort a la manera de Abraham: «Deja tu tierra y ve a la tierra que yo te mostraré».

Para esta «travesía» se requiere un cambio de actitud y de comportamiento. Se quiere conducir a una pastoral decididamente misionera. Esto significa una pastoral en la que nada se adquiere por adelantado, una pastoral en la que uno desciende de su torre de marfil para ir a anunciar la Palabra de Dios en los nuevos areópagos del mundo actual. Es una pastoral que requiere no tener miedo de tener conflictos con aquellos que enarbolan los contravalores del mundo contemporáneo.

Esta pastoral debe mostrar el semblante de una Iglesia que, como una madre, sale al encuentro de los otros. Saliendo, busca a los otros sin saber a quién. Al hacerlo no debe rechazar a nadie. Es una pastoral extrovertida que impulsa a salir para ir a ponerse en el camino de los varones y las mujeres de hoy. Detesta el pecado pero ama al pecador al punto de acompañarlo en el camino de la salvación aportado por Cristo. Como una madre, acoge, ama, comprende, se compadece, cura las heridas.

Evidentemente, para que se dé esta conversión pastoral, debe darse una conversión personal. Me permito sugerir algunas ideas para trabajar en torno a este tema:

Replantearse permanentemente la vocación.

Periódicamente, y a menudo, debemos replantearnos nuestra vocación de misioneros. Debemos tener cuidado porque todos los agentes de pastoral corremos el riesgo de “achancharnos” o “profesionalizarnos” en nuestra tarea y convertirla en algo rutinario que sólo se hace por costumbre.

Los bautizados debemos ser misioneros para anunciar el mensaje de Jesús y transmitirlo, con la vida, a los demás. Es un apostolado que asumimos como parte esencial de nuestra manera de vivir; no es una tarea que asumimos un par de horas a la semana sino un estilo de vida que se manifiesta a cada paso.

La cabeza piensa donde los pies pisan.

Hay que ser conciente de que nuestra forma de pensar se modela allí donde estamos. Quien vive entre algodones termina pensando como si la vida fuera sólo un jardín de rosas. Quien pisa el terreno de los que sufren y luchan por la dignidad de la persona, puede, con mayor facilidad, pensar desde allí. Jesús se hizo hombre para “pisar” nuestra tierra y anunciar el mensaje de salvación desde al lado nuestro.

No avergonzarnos de ser misioneros

Ni los mayores escándalos que se cometieron desde la Iglesia provocaron que los cristianos enamorados de Jesús y de su mensaje abandonáramos nuestra fe. Es cierto que algunas situaciones nos obligan a explicar por demás el porqué somos miembros de una Iglesia que no es perfecta y que es pecadora; pero no nos avergoncemos de eso; el mensaje de Jesús y los valores del Evangelio valen la pena.

Seamos críticos sin perder la autocrítica.

Muchos acusan a sus hermanos de errores y falta de compromiso. Como dice Jesús, vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Los que critican y no se suman para mejorar las cosas se convierten en simples espectadores y jueces haciéndole el juego a los que pretenden descalificar el mensaje de Jesús. Es bueno criticar y hacer propuestas para mejorar y que sirva para revisar, evaluar y corregir.

No olvidemos que la misión es un servicio.

Aunque parezca obvio decirlo, ser misionero es estar al servicio de la Palabra de Dios y de la gente que tiene que recibir el anuncio. No es un lugar de privilegio que nos pone “un escalón más arriba” de los demás, ni una tarea que nos da “prestigio eclesial” delante de la comunidad. El que tiene verdadero espíritu misionero debería caracterizarse por estar siempre atento a las necesidades de los demás y hacerse presente con la palabra necesaria, que no es la propia sino la del Evangelio.

El que se siente misionero profundiza sus vínculos con sus hermanos, estudia, reflexiona, medita y reza; valora su área de trabajo, sus actividades, y los proyectos comunitarios.

Alimentémonos con buenas lecturas y el discernimiento en comunidad.

Es necesaria la oración para cultivar el encuentro con Dios, como es preciso el cariño para nutrir el amor de la pareja. También son necesarias las buenas lecturas y el encuentro comunitario para alimentar nuestra vocación misionera. Ayudarnos mutuamente a encontrar textos verdaderamente inspirados que nos permitan descubrir las claves de nuestra fe y nos den una mano para profundizar intensamente en los valores del Evangelio. También hay que alimentar la esperanza y todas las virtudes que sostienen la espiritualidad misionera.

Elijamos el riesgo de errar junto a los más pobres que tener la pretensión de acertar sin ellos.

Los más pobres no son mejores ni peores que los demás seres humanos. La diferencia es que son pobres, o sea, personas privadas injusta e involuntariamente de los bienes esenciales de la vida digna. Por eso, estamos al lado de ellos, por eso, la Iglesia hizo una opción preferencial por ellos. Por una cuestión de justicia. Un cristiano jamás negocia los derechos de los pobres y sabe aprender con ellos. Por eso, debemos ser pobres y desapegados de los bienes materiales y quienes contamos con ellos, saber usarlos en beneficio de la justicia.

Defendamos especialmente a los oprimidos y cuando nos recriminen diciendo que en los sectores más carenciados hay malvivientes, recordemos que en todos los sectores de la sociedad hay corruptos y bandidos. La diferencia es que, en la élite, la corrupción se hace con la protección de la ley y los bandidos son defendidos por mecanismos económicos sofisticados, que permiten que un especulador lleve una nación entera a la penuria y no se haga responsable por ello. La vida es el mayor don de Dios. La existencia de la pobreza clama al cielo. Por lo tanto, si sostenemos estos valores, no esperemos jamás ser comprendidos por quienes favorecen la opresión.

Recemos para estar en comunión con Dios y con los demás.

Rezar es dejarse cuestionar por el Espíritu de Dios. Muchas veces dejamos de rezar para no oír el llamado que nos exige una permanente conversión. Hablamos como cristianos comprometidos con nuestro mensaje y vivimos en una posición demasiado cómoda. Rezar es permitir que Dios subvierta nuestra existencia, enseñándonos a amar como Jesús amaba, libremente.

Formar pequeñas comunidades en torno a la lectura de la Palabra de Dios.

Alimentarse con la Palabra de Dios es básico y fundamental como uno de los objetivos para encarar la misión diocesana. Por estar mencionado en último lugar no quiere decir que sea el de menor importancia.

Las pequeñas comunidades que se reúnen para leer la Palabra y se dejan interpelar por ella, los círculos bíblicos y otras formas de profundizar en el mensaje de la Biblia, son caminos privilegiados para vivir nuestra fe. Debemos fomentarlos y participar.

Y, para finalizar, para quienes dicen que hasta ahora han vivido su cristianismo sin tener en cuenta nada de esto que se menciona en este artículo, recordemos una frase de Confucio: El hombre que ha cometido un error y no lo corrige, comete otro error mayor.