Por monseñor Adolfo Uriona f.d.p.

Carta pastoral con motivo del Año Jubilar de la diócesis de Añatuya

Nuevamente publicamos una carta pastoral de monseñor Adolfo, en esta oportunidad invita a prepararse para el Año Jubilar de la diócesis de Añatuya, consideramos que su mensaje es tan importante para quienes viven en el territorio de la diócesis como para los que participamos de ella a través de nuestro compromiso solidario.

INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos:

Desde el año 2008 venimos transitando el triduo de preparación para la celebración del JUBILEO DE LA DIÓCESIS que realizaremos, Dios mediante, el 1º de octubre de 2011, a 50 años de la llegada del primer Obispo, Mons. Jorge Gottau, de feliz memoria.

Cada año nos propusimos un lema a fin de que orientara toda la actividad pastoral. En este 2010 decía así:

“De habitantes a ciudadanos y de bautizados a discípulos-misioneros”

Como se puede ver, el lema tiene dos partes. La primera: “De habitantes a ciudadanos”, la hemos desarrollado en la Carta Pastoral de Cuaresma, en coincidencia con el inicio de las celebraciones del Bicentenario de nuestra patria y tomando del documento de los Obispos Argentinos, “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”.

Tal como les había prometido, en esta Carta pastoral reflexionaremos acerca de la segunda parte: “de bautizados a discípulos-misioneros”, en consonancia con el “Año Jubilar” que iniciaremos el próximo 1º de octubre de 2010.

I.- “UN AÑO JUBILAR”

Ahora bien, nos preguntamos ¿en qué consiste un año jubilar?, ¿qué es un Jubileo?...

La celebración del Jubileo tiene su origen en un mandato de Dios a Moisés que debía transmitir, como mediador, al pueblo de Israel. Así leemos en el libro del Levítico:

“El Señor dijo a Moisés sobre la montaña del Sinaí: Habla en estos términos a los israelitas:

Deberás contar siete semanas de años -siete veces siete años- de manera que el período de las siete semanas de años sume un total de cuarenta y nueve años.

Entonces harás resonar un fuerte toque de trompeta: el día diez del séptimo mes -el día de la Expiación- ustedes harán sonar la trompeta en todo el país.

Así santificarán el quincuagésimo año, y proclamarán una liberación para todos los habitantes del país. Este será para ustedes un jubileo: casa uno recobrará su propiedad y regresará a su familia.

Este quincuagésimo año será para ustedes un jubile: no sembrarán ni segarán lo que vuelva a brotar de la última cosecha, ni vendimiarán la viña que haya quedado sin podar; porque es un jubileo, será sagrado para ustedes. Sólo podrán comer lo que el campo produzca por sí mismo.

En este año jubilar cada uno de ustedes regresará a su propiedad…

No se defrauden unos a otros, y teman a su Dios, porque yo soy el Señor, su Dios.

Observen mis preceptos y cumplan fielmente mis leyes; así vivirán seguros en esta tierra” (Cf. 25, 1-18)

Como podemos comprobar en este texto bíblico, el “año jubilar” era un año de Gracia para todos los habitantes del país, en particular para los más desposeídos.

La Iglesia, el nuevo Pueblo de Dios, tomando este pasaje del Antiguo Testamento ha celebrado jubileos en determinados períodos de su historia. Así por ejemplo el Jubileo del año 2000.

Nosotros, como diócesis de Añatuya, queremos aprovechar estos 50 años de vida como Iglesia particular, para celebrarlo con una GRAN MISIÓN DIOCESANA, que iniciaremos el 1º de octubre de 2010 y que concluiremos, Dios mediante, el 1º de octubre de 2011.

Esta carta tiene la finalidad, entonces, de invitar a todos los bautizados de la diócesis a fin de que, como gracia particular del año jubilar, descubran su condición de “discípulos”, es decir, seguidores de Jesús y “misioneros”, anunciadores de su Palabra a todos los hombres.

II.- LA GRAN MISIÓN DIOCESANA

Decía el Mensaje Final de Aparecida:

“Desde el cenáculo de Aparecida nos disponemos a emprender una nueva etapa de nuestro caminar pastoral declarándonos en misión permanente. Con el fuego del Espíritu vamos a inflamar de amor nuestro Continente: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre Ustedes, y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8).

Siguiendo esta exhortación de los obispos de América Latina y el Caribe queremos encarar nuestra misión jubilar.

A) OBJETIVOS DE LA GRAN MISIÓN DIOCESANA

Desde el EDAP (Equipo de animación diocesana) nos venimos, reuniendo desde diciembre del año pasado todos los meses, a fin de reflexionar y preparar este gran acontecimiento diocesano.

Con los numerosos aportes que nos brindaron los participantes del Encuentro de pastoral (marzo de 2010) hemos elaborado los siguientes objetivos generales:

1º. Llegar a todos con el anuncio del kerigma a fin de que nuestros fieles tengan un encuentro personal con Jesucristo.

2º. Lograr la renovación de nuestras parroquias a fin que las mismas continúen en “estado de misión permanente”.

3º. Formar pequeñas comunidades en torno a la lectura de la Palabra de Dios.

Para la primera etapa de la misión nos proponemos: sensibilizar, convocar y formar a los distintos agentes pastorales que trabajarán en la misma.

A) A través de la “sensibilización” buscamos: “poner en conocimiento e invitar a todos los fieles de la diócesis a celebrar el Año Jubilar a través de la Gran Misión Diocesana”.

Los medios que sugerimos utilizar son los siguientes:

·Difundir este importante acontecimiento diocesano utilizando todos los medios a nuestro alcance (afiches, volantes, medios de comunicación social, etc…)
·Divulgando esta Carta pastoral del Obispo que convoca a la celebración del Jubileo a través de la Gran Misión Diocesana
·Rezando la oración de la misión.
·Confeccionando un logo que identifique la misión.
·Elaborando un himno de la misión.

Y cualquier otro medio que la creatividad de ustedes les inspire…

B) Mediante la “convocación” buscamos: “motivar a que todos los bautizados se sientan misioneros y se involucren activamente con la misión”.

Los Obispos en el Mensaje final de Aparecida se expresaban así:

“Jesús invita a todos a participar de su misión. ¡Que nadie se quede de brazos cruzados! Ser misionero es ser anunciador de Jesucristo con creatividad y au-dacia en todos los lugares donde el Evangelio no ha sido suficientemente anunciado o acogido, en espe-cial, en los ambientes difíciles y olvidados y más allá de nuestras fronteras”

Algunos medios sugeridos:

· Carta personal del párroco para invitar a los agentes pastorales a participar de la Gran Misión Diocesana.
· Promover la IAM (Infancia y adolescencia misionera) y la UEAM (Unión de enfermos y ancianos misioneros)
· Convocar y comprometer formalmente a todas las comunidades educativas.
· Pensar encuentros motivadores y un plan de formación sistemática.

C) Y, en tercer lugar, “queremos brindar a los bautizados, que se ofrezcan para ser misioneros, una formación integral”.

Considero fundamental este tiempo de formación. Los que salgan a llevar la Buena Noticia deben imbuirse de un verdadero espíritu misionero a través de de una seria preparación doctrinal, pastoral y espiritual. No podemos ni debemos “improvisar”. Por eso motivo a todos los sacerdotes, religiosos /as y laicos consagrados a abocarse a esta tarea de una manera creativa y sistemática.

Algunos medios posibles:

· Elaborar una catequesis en base al tríptico (Junta de catequesis)
· Elaborar un plan de formación que tenga en cuenta lo siguiente:
a.El itinerario formativo que propone el Documento de Aparecida, Cap. VIº.
b.Una espiritualidad del misionero
c.Método de la “lectio divina”
d.Un esquema de la visita a las familias y a los diversos sectores
· Campaña de difusión de la Biblia y/o el Nuevo Testamento.
· Aprovechar el material de formación brindado por el CELAM

Hasta aquí la etapa preparatoria…

Tendremos que seguir reflexionando y orando a lo largo de este tiempo para buscar juntos cómo implementar “ la misión propiamente dicha” (el Encuentro pastoral de 2011 estará todo centrado en esta búsqueda), la cual tendrá sus “tiempos fuertes”. Es mi deseo que los mismos se vayan gestando desde la experiencia comunitaria, a la luz de la lectura de la Palabra de Dios, en el silencio orante y en la fortaleza que nos brinda la Eucaristía.

Ahora, tomando como base la Encíclica “Redemptoris Missio” de Juan Pablo II en su Capítulo 8, les propongo algunos elementos esenciales a la hora de ir cultivando una “espiritualidad misionera”, que dé sentido y contenido a esta experiencia de llevar la Buena Noticia a los hombres.

B) VIVIR UNA AUTÉNTICA “ESPIRITUALIDAD MISIONERA”

Según el venerado Papa, la actividad misionera exige una espiritualidad específica. Si bien se refiere a la misión “ad gentes”, es decir a los misioneros que se van a otro país, las líneas fundamentales, por analogía, también pueden aplicarse a nuestra experiencia de misión. Sigo la misma estructura que nos presenta el santo Padre en el mencionado capítulo.

1º. Dejarse conducir por el Espíritu

“Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8,14)

Es el Espíritu Santo quien forma a Cristo en nuestro interior y esto es fundamental, porque no se puede dar testimonio de Cristo sin reflejar su imagen, la cual se hace viva en nosotros por la gracia y por obra del Espíritu.

Es el mismo Espíritu quien, al infundirse en Pentecostés sobre los discípulos, los transformó de ignorantes y cobardes en testigos valientes y preclaros anunciadores de su palabra.

Hoy también, como en aquellos primeros tiempos de la Iglesia, la misión, en este mundo “posmoderno y laicista” es compleja y difícil; exige la valentía y la luz del Espíritu para enfrentarla. Así nos lo expresaba Aparecida:

“El Señor nos dice: “No tengan miedo” (Mt 28, 5). Como a las mujeres en la mañana de la Resurrección, nos repite: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24, 5). Nos alientan los signos de la victoria de Cristo resucitado, mientras suplicamos la gracia de la conversión y mantenemos viva la esperanza que no defrauda. Lo que nos define no son las circunstancias dramáticas de la vida, ni los desafíos de la sociedad, ni las tareas que debemos emprender, sino ante todo el amor recibido del Padre gracias a Jesucristo por la unción del Espíritu Santo…”

2º. Vivir el misterio de Cristo “enviado”

“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús”
(Fil 2,6)

No se puede comprender y vivir la misión si no es con referencia a Cristo en cuanto enviado a evangelizar. Él ha sido enviado por el Padre a fin de que se encarnara entre los hombres, anunciara la Buena Noticia del Reino y diera su vida en la Cruz para salvar a la humanidad.

El misionero debe tener los mismos sentimientos de Cristo quien, sin dejar de ser Dios, se despojó de sí mismo para hacerse uno de nosotros y recorrió, desde el amor, el camino que conduce a la cruz. También al misionero se le pide que se despoje de sí mismo para hacerse todo de todos y así anunciar a los hombres la Buena Noticia de la salvación.

Se necesita “aprender a morir a sí mismo” para transmitir el mensaje con fruto a los demás, sabiendo que cuando “el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna” (Jn 12, 24-25)

Por otra parte, esta exigencia no nos debe desanimar, porque “al ser «enviado», el misionero experimenta la presencia consoladora de Cristo, que lo acompaña en todo momento de su vida. «No tengas miedo... porque yo estoy contigo» (Hech 18, 9-10). Cristo lo espera en el corazón de cada hombre”.

3º. Amar a la Iglesia y a los hombres como Jesús los ha amado

“Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15,12-13)

La espiritualidad misionera se caracteriza por la cari-dad apostólica… El misionero se mueve a impulsos del «celo por las almas», que se inspira en la caridad misma de Cristo y que está hecha de atención, ternura, compasión, acogida, disponibilidad, interés por los problemas de la gente:

“Jesús recorría todas las ciudades y los pueblos, enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del Reino y curando todas las enfermedades y dolencias.

Al ver a la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 35-36)
El misionero debe estar impulsado por la caridad: para poder anunciar a todo hombre que es amado por Dios y que él mismo puede amar, debe dar testimonio de caridad para con todos, gastando la vida por el prójimo, particularmente por los más pequeños y pobres.

Por último, lo mismo que Cristo, él debe amar a la Iglesia: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella” (Ef 5, 25). Sólo un amor profundo por la Iglesia puede sostener el celo del misionero para seguir anunciando, sin desalentarse, el Reino de los cielos.

4º. El verdadero misionero es el santo

“Así como aquel que los llamó es santo, también ustedes sean santos en toda su conducta, de acuerdo con lo que está escrito: Sean santos, porque yo soy santo” (1 Pe 1,15-16)

La llamada a la misión deriva de por sí de la llamada a la santidad. Cada misionero, lo es auténticamente si se esfuerza en el camino de la santidad… La vocación universal a la santidad está estrechamente unida a la vocación universal a la misión, nos decía Juan Pablo II.

No basta con renovar los métodos pastorales, ni organizarnos mejor en la Iglesia, es necesario un nuevo “anhelo de santidad” entre todos los bautizados, que los impulse a comprometerse en serio por sus hermanos, tal como nos lo dice el Documento de Aparecida:

“Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigada en nuestra histo-ria, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros. Ello no depende tanto de grandes programas y estructuras, sino de hombres y mujeres nuevos que encar-nen dicha tradición y novedad, como discípulos de Jesucristo y misioneros de su Reino, protagonistas de vida nueva para una América Latina que quiere reconocerse con la luz y la fuerza del Espíritu”

Continúa diciendo Juan Pablo II: Pensemos, queridos hermanos y hermanas, en el empuje misionero de las primeras comunidades cristianas. A pesar de la escasez de medios de transporte y de comunicación de entonces, el anuncio evangélico llegó en breve tiempo a los confines del mundo. Y se trataba de la religión de un hombre muerto en cruz, «escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1Cor 1, 23). En la base de este dinamismo misionero estaba la santidad de los primeros cristianos y de las primeras comunidades.

Debemos centrar todo nuestro esfuerzo para buscar y alcanzar la santidad. El misionero ha de ser un «contemplativo en acción». El halla respuesta a los problemas a la luz de la Palabra de Dios y con la oración personal y comunitaria… El misionero, sino es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble. El misionero es un testigo de la experiencia de Dios y debe poder decir como los Apóstoles: «Lo que contemplamos... acerca de la Palabra de vida..., se lo anunciamos» (1 Jn 1, 1-3).

El Santo Padre destaca la importancia de “la contemplación” que es un encuentro con el Dios viviente que se manifiesta en la historia. La oración, la lectura de la Palabra de Dios y la Eucaristía van modelando el corazón del misionero según Dios y así se hace más apto para la transmisión del mensaje de salvación, puesto que, como decía Benedicto XVI, “la evangelización se realiza, no por proselitismo, sino por irradiación y por contagio” y sólo puede contagiar a Jesucristo quien lo lleva en su corazón.

Finalmente, podemos decir que la característica de toda vida misionera auténtica es la alegría interior, que viene de la fe. Una alegría que no es algarabía externa sino que es un don del Espíritu y se funda en la certeza de que el Padre me ama y que el Hijo me ha salvado a través de su entrega en la cruz.

En un mundo angustiado y oprimido por tantos problemas, que tiende al pesimismo, el anunciador de la « Buena Nueva» ha de ser un hombre que ha encontrado en Cristo la verdadera esperanza y la quiere irradiar a los demás.

CONCLUSIÓN

¡Una tarea desafiante nos espera como diócesis!

No solamente a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas, a los laicos consagrados y a los laicos comprometidos…, ¡sino a TODOS!

El bautizado ha de ser un auténtico discípulo-misionero de Jesucristo, si no lo vivimos de esta manera, mal nos llamamos cristianos. No somos dignos de lo que ese nombre significa.

Por lo tanto, como decían los obispos en Aparecida: ¡Que nadie se quede de brazos cruzados!

Como los discípulos después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con “María, la madre de Jesús” (Act 1, 14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu. Por ello, le pedimos a ELLA, a la Madre de Dios y de la Iglesia, que bendiga y sostenga nuestra Gran Misión Diocesana.

Con mi paternal bendición.

Añatuya, 31 de julio de 2010
Fiesta de la Virgen de Huachana