Los dos burritos
Por el padre Mamerto Menapace (publicado en su libro Cuentos Rodados, Editorial Patria Grande)
Erase una vez una madre -así comienza esta historia encontrada en un viejo libro de vida de monjes, y escrita en los primeros siglos de la Iglesia-. Erase una vez una madre -digo- que estaba muy apesadumbrada, porque sus dos hijos se habían desviado del camino en que ella los había educado. Mal aconsejados por sus maestros de retórica, habían abandonado la fe católica adhiriéndose a la herejía, y además se estaban entregando a una vida licenciosa desbarrancándose cada día más por la pendiente del vicio.
Y bien. Esta madre fue un día a desahogar su congoja con un santo eremita que vivía en el desierto de la Tebaida. Era este un santo monje, de los de antes, que se había ido al desierto a fin de estar en la presencia de Dios purificando su corazón con el ayuno y la oración. A él acudían cuantos se sentían atormentados por la vida o los demonios difíciles de expulsar.
Fue así que esta madre de nuestra historia se encontró con el santo monje en su ermita, y le abrió el corazón contándole toda su congoja. Su esposo había muerto cuando sus hijos eran aún pequeños, y ella había tenido que dedicar toda la vida a su cuidado. Había puesto todo su empeño en recordarles permanentemente la figura del padre ausente, a fin de que los pequeños tuvieran una imagen que imitar y una motivación para seguir su ejemplo.
Pero, hete aquí, que ahora, ya adolescentes, se habían dejado influir por las doctrinas de maestros que no seguían el buen camino y enseñaban a no seguirlo. Y ella sentía que todo el esfuerzo de su vida se estaba inutilizando. ¿Qué hacer? Retirar a sus hijos de la escuela, era exponerlos a que suspendidos sus estudios, terminaran por sumergirse aún más en los vicios por dedicarse al ocio y vagancia del teatro al circo.
Lo peor de la situación era que ella misma ya no sabía qué actitud tomar respecto a sus convicciones religiosas y personales. Porque si éstas no habían servido para mantener a sus propios hijos en la buena senda, quizá fueran indicio de que estaba equivocada también ella. En fin, al dolor se sumaba la duda y el desconcierto, no sabiendo qué sentido podría tener ya el continuar siendo fiel al recuerdo de su esposo difunto.
Todo esto y muchas otras cosas contó la mujer al santo eremita, que la escuchó en silencio y con cariño. Cuando terminó su exposición, el monje continuó en silencio mirándola.
Finalmente se levantó de su asiento y la invitó a que juntos se acercaran a la ventana. Daba ésta hacia la falda de la colina donde solamente se veía un arbusto, y atada a su tronco una burra con sus dos burritos mellizos.
-¿Qué ves? -le preguntó a la mujer quien respondió:
-Veo una burra atada al tronco del arbusto y a sus dos burritos que retozan a su alrededor sueltos. A veces vienen y maman un poquito, y luego se alejan corriendo por detrás de la colina donde parecen perderse, para aparecer enseguida cerca de su burra madre. Y esto lo han venido haciendo desde que llegué aquí. Los miraba sin ver mientras te hablaba.
-Has visto bien -le respondió el ermitaño-. Aprende de la burra. Ella permanece atada y tranquila. Deja que sus burritos retocen y se vayan. Pero su presencia allí es un continuo punto de referencia para ellos, que permanentemente retornan a su lado. Si ella se desatara para querer seguirlos, probablemente se perderían los tres en el desierto. Tu fidelidad es el mejor método para que tus hijos puedan reencontrar el buen camino cuando se den cuenta de que están extraviados.
Sé fiel y conservarás tu paz, aun en la soledad y el dolor. Diciendo esto la bendijo, y la mujer retornó a su casa con la paz en su corazón dolorido.
En este número de la Revista Gottau, en la que ponemos de relevancia el comienzo del proceso de beatificación del siervo de Dios Jorge Gottau, hemos elegido este cuento de fray Mamerto Menapace puesto que tiene una relación muy grande con el tema de la virtud y de la santidad. Hay que tener en cuenta que la madre de los adolescentes pretendía de sus hijos algo que no se logra de un día para otro y solo se consigue con paciencia y dando un testimonio muy particular.
Para que un comportamiento sea virtuoso y tenga valor, debe ser asumido con libertad. Además de correr el riesgo de perderse en el desierto –como se lo enseñó el monje– la burra no hubiera logrado nada obligando a sus hijos a quedarse junto a ella. Tampoco serviría que estuvieran atados. Lo interesante es que vuelven a alimentarse junto a su madre; y si bien en la naturaleza eso puede parecer que es por instinto o por conveniencia, en esta suerte de moderna parábola lo que quiere significar es que, si se ha plantado buena semilla, podrán irse en algún momento pero, mientras se alimenten de sus raíces, nunca van a perderse.