Por el camino de la Cruz

Karola Brueker es una laica consagrada alemana que vive en Matará desde febrero del año pasado.
Se vinculó con la diócesis de Añatuya en Alemania hace muchos años, pero su amor a Cristo la condujo
a radicarse en la Argentina para trabajar en la evangelización de nuestros hermanos
de la parroquia de la Cruz de Matará.

Hace casi cinco años que conocimos a Karola en la oficina de la Fundación y la conocimos en su antiguo rol de benefactora de la diócesis de Aña-tuya. En aquella oportunidad nos contó que visitaba la diócesis cada dos años, pero que se sentía llamada a venirse a vivir a Añatuya, más precisamente a la parroquia de la Cruz de Matará y como las religiosas que estaban atendiendo esa parroquia habían tenido que finalizar su servicio allí, estaba dispuesta a responder a ese llamado. En aquel momento nos impresionó mucho su testimonio y siempre quisimos armar un artículo para contarles a ustedes, nuestros lectores, la historia de Karola.

Para concretar esta nota tuvimos que superar algunas dificultades. Tuvimos oportunidad de hacerle una entrevista cuando pasó por la Fundación el pasado mes de febrero a su regreso de Alemania, pero no pudimos, y quedamos en enviarle las preguntas por e-mail. Karola recibió el cuestionario, pero todavía no se siente segura como para responder por escrito en castellano así que modificamos la propuesta y quedamos en entrevistarla cuando viajáramos para el encuentro diocesano de pastoral, del 8 al 11 de marzo.

Una vez en el encuentro Karola nos propuso hacernos una escapada para conocer Matará, a 60 kilómetros de Añatuya por camino de ripio, e ir realizando la entrevista durante el viaje; aceptamos la propuesta y par-timos mientras registrábamos la charla con un MP3. Ya de regreso a Buenos Aires verificamos que el ruido del motor de la camioneta también se grabó en el MP3, pero a mayor volumen que la interesante conversación que mantuvimos con Karola. Resultó bastante difícil desgrabar la entrevista y en gran parte de los dichos tuvimos que recurrir a la frágil memoria del reportero.
A continuación transcribimos los fragmentos más relevantes de la extensa charla defectuosamente grabada.

Karola nació hace 64 años en Kra-nenburg, una ciudad alemana en la que hay una gran devoción a la Santa Cruz, y esa devoción es muy importante para ella: “La parroquia de mi infancia era de la Santa Cruz, y además Cristo siempre me mandó a trabajar a parroquias de la Santa Cruz y la parroquia de Matará es una parroquia de la Santa Cruz, para mis votos perpetuos me hice construir una cruz grande, mi ma-dre me ayudó a pagarla, y la tengo colgada en la pared sobre mi cama aquí en la casa de las hermanas”.

Kranenburg queda cerca de un poblado de 3.000 personas llamado Nütterden en el cual hay una importante acción a favor de la diócesis de Añatuya desde 1975. Por eso muchas veces Karola ha acompañado a los distintos obispos de Añatuya en ocasión de sus visitas a Alemania: “Sé de monseñor Gottau por lo que me han dicho otras personas, yo no he hablado con él en persona. Yo he conocido la diócesis por monseñor Antonio Baseotto. Cuando él nos visitaba nos contaba que la gente de Añatuya pasaba muchas necesidades pero que vivían felices por sentirse amados por Dios. Yo me decía: aquí en Alemania tenemos todo lo que necesitamos pero sin embargo no somos felices; eso me llamaba mucho la atención y comencé a sentir la llamada a trabajar en la diócesis, particularmente en Matará, por la Cruz.
Recuerdo que cuando organizaba la agenda del obispo de Añatuya en Alemania no tenía en cuenta la siesta y ahora que vivo en Matará me doy cuenta de que el clima obliga a tomar la costumbre de la siesta.”

También nos dijo que por problemas de salud pasaron varios años hasta que pudiera responder al llamado de instalarse en Matará a trabajar en la evangelización de nuestros hermanos de la diócesis de Añatuya. Hace un año que Karola vive en la casa que habitaban las religiosas Carmelitas de Santa Teresa. Respecto de su vocación y su trabajo en Matará nos cuenta: “Es importante compartir mi idea de vocación; no es hacer el esfuerzo de un cambio de cultura por ir detrás de ideas humanas, para mí era un llamado que me tocaba muy dentro mío, por eso yo quiero trabajar aquí, en esta zona tan sacrificada, me impresionaba mucho saber que Dios conoce y ama a estas personas, que vive aquí con aquellos a los que casi todos olvidan. Yo creo que Dios necesita de personas que dejan su vida, se hacen pequeños para vivir ese amor, esta vocación de ser como las “manos de Dios”. Me gusta decir manos y no instrumento que es una palabra que siempre se usa, porque el instrumento es materia muerta, me gusta más la figura de ser las manos vivas de un Cristo vivo, es él quien hace, es él quién los ayuda y los acompaña a través nuestro. Creo que la gente se cuestiona, se interesa y se abre a creer que Dios los ama cuando experimenta la entrega de los sacerdotes, religiosas y consagrados que dejan sus casas, sus familias y deciden compartir su vida con ellos, aquí en su lugar. Me lo han dicho ellos mismos, se dan cuenta cuando hay una vida de sacrificio dedicada a ayudarlos y a acercarlos a Dios. Yo considero que la evangelización es un equilibrio entre la pastoral y la promoción humana. El camino es un balance entre catequesis y ayuda. Me parece que debemos ayudar a las personas a experimentar el encuentro con Jesús y sobre la seguridad de que Dios los ama. Ir enseñando la catequesis, desde la experiencia y no sólo como una idea o una tradición.”

Nos cuenta sobre lo interesante de los avances en la organización comunitaria conseguidos en el paraje de Taruy: “La comunidad de Taruy es una comunidad particular, se han organizado muy bien con la ayuda de Cáritas, hacen artesanías y tapices para vender, han organizado charlas con médicos, sobre primeros auxilios, sobre prevención del Mal de chagas, se han organizado comunitariamente para construir sus casas y, últimamente, están en un emprendimiento para hacer bloques para su construcción. Se han organizado comunitariamente, algo un tanto difícil de conseguir en estos parajes por la forma de ser de la gente de la zona.
Reconozco que el clima de este lugar no colabora para instaurar una cultura de trabajo; muchas veces la gente cultiva la tierra, pero por la falta de lluvia la tierra no da frutos, o se inunda y se pierde todo y así se frustra el intento.
Ese tipo de proyectos, como el de Taruy, son los que prefieren apoyar las organizaciones europeas de ayuda, no les gusta apoyar proyectos de asistencia solamente, prefie-ren proyectos por los cuales, luego de tres o cuatro años, las personas puedan valerse por sí mismas y no dependan más de la ayuda.”

Ya en el viaje de vuelta a Añatuya, saliendo de Matará nos dijo: “Recuerdo la primera vez que vine aquí, en ese campo –nos señala- quería construirme una casa, no hablaba castellano y vine con la directora de mi instituto secular de ese momento, que era chilena, yo le decía que me sentía llamada por Dios a trabajar por su reino aquí. Luego por mi enfermedad no pude venir enseguida. Dios me cuidó, recién ahora pude venir, me acuer-do que cuando era chica soñaba que vivía en una casa blanca con una arcada, en Alemania vivía en una casa blanca, pero aquí vivo en la casa de las hermanas que es una casa blanca con una arcada en el frente.”

El camino de la cruz es un camino accidentado, es un camino sacrificado y doloroso, pero recorrerlo tiene su premio, así como nosotros tuvimos que sortear algunas dificultades para poder contarles la historia de Karola, ella tuvo sus contratiempos para poder llegar a instalarse en Matará y seguir transitando su camino entre sacrificios y dolores, pero sabe que en su entrega está cumpliendo con la voluntad de Dios. Ahora que por fin logramos contarles esta historia tan interesante les pedimos que sigan haciendo los esfuerzos necesarios para poder seguir colaborando con la tarea de Karola y de todos los sacerdotes, religiosas, consagrados y laicos continuadores de la magnífica obra de monseñor Jorge Gottau. La recompensa es inmensurable.