por Juan Carlos Pisano

Hacia el Bicentenario

Más allá de las posturas políticas y convicciones de cada uno, deseo poner a consideración de los lectores algunos aspectos del lúcido documento que han elaborado los obispos de la Argentina (Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad, Conferencia Episcopal Argentina, 14 de noviembre de 2008) y aprovechar la carta pastoral de monseñor Adolfo Uriona (ver páginas 10 a 13) para señalar aquello que puede resultarnos muy útil a los que estamos preocupados por nuestro compromiso cristiano con la vida social.

En primer lugar, los obispos indican que, en este camino a la celebración de los bicentenarios, debe estar muy presente el anhelo de dar pasos concretos hacia la justicia y la inclusión social. Es un anhelo que ningún cristiano debe dejar de lado y que debe transmitirse y contagiarse en la familia, en el trabajo y en el barrio, a través de cada gesto y de los comentarios y opiniones.

El 25 de mayo de 1810, se dio un grito de libertad para nuestra patria. El 9 de julio de 1816, los representantes de las Provincias Unidas declararon la independencia na-cional. Hoy, la realidad no es igual y pocos se plantean en actualizar aquel grito de libertad y seguir en la búsqueda de una verdadera independencia. Sin embargo, eso no debe desalentarnos y tenemos que sobreponernos con una mirada esperanzadora. Es importante entender que la democracia puede padecer momentos de conflictividad, pero eso no implica descreer de ella. En esas situaciones complejas, el modo más sabio y oportuno de abordarlas y superarlas es procurar consensos a través del diálogo.

Pero nunca llegaremos a la capacidad de dialogar sin una sincera reconciliación. Se requiere renovar la confianza mutua con verdad y con justicia. Las heridas abiertas de nuestra historia pueden cicatrizar. Porque mientras haya desconfianzas y prejuicios, impedirán crecer y avanzar. Todos debemos ser co-responsables de la construcción del bien común.

De habitantes a ciudadanos
Uno de los puntos del documento y de la carta de monseñor Adolfo hace alusión directa a la expresión que invita a pasar de ser “habitantes, a ciudadanos”; algo que no es otra cosa que el compromiso de ser responsables en la construcción de una sociedad más “justa y solidaria”.

Se trata, efectivamente de fomentar el paso desde el vivir como meros habitantes a ser ciudadanos conscientes y protagonistas de la propia vida y del futuro. Esta idea implica el concepto de que el habitante hace uso de la Nación, busca beneficios y sólo exige derechos. En cambio, el ciudadano construye la Nación, porque además de exigir sus derechos, cumple sus deberes.

Es necesario observar que hay una carencia importante de participación de la ciudadanía como agente de transformación de la vida social, económica y política y, al mismo tiempo, no quedarse en la observación y en la crítica sino tomar las riendas de la acción y hacer algo concreto por el crecimiento de todos. Es sabido que el llamado a militancia política no es para todos, pero algún tipo de protagonismo sí es posible. Incluso para quienes están hastiados de los manejos oscuros y de los intereses egoístas, hay numerosos canales de participación.

Para lograrlo, la clave es formarse y formar en la responsabilidad. Debería terminarse con el estigma del “no te metás” o el desaliento que hace creer que nada es posi-ble. Quien asume su rol de ciudadano trabaja para fortalecer las instituciones y mejorar la calidad de la participación democrática.

El compromiso social no es una utopía, pero tampoco es una transformación que se da de un día para otro con sólo proponérselo. Si el deterioro social se fue dando año tras año, la reconstrucción también va a ser lenta y llevará años. Pero no puede ni debe postergarse más. Hay que recobrar la palabra, la capacidad de amar y el descubrir que no hay mayor felicidad que dar y que el bien de todos es la raíz más profunda del bien de cada uno.

Tenemos que ponernos como una de las metas, superar la actitud egoísta de indiferencia y formar grupos en los que se puedan discernir formas concretas para transformar los aspectos negativos de la sociedad.

En esta línea de reflexión el documento señala algunos aspectos que, si bien no necesitan mayores comentarios, es bueno puntualizarlos y que, cada uno vaya viendo desde qué óptica los puede tener en cuenta en su tarea y para dar el paso de ser o sentirse habitante hacia la plenitud de un ciudadano conciente.

Recuperar el respeto por la familia y por la vida en todas sus formas. Hay que encarar una educación y una legislación que transmitan una profunda convicción moral sobre el valor de cada vida humana. Especialmente la vida de los excluidos e indefensos. La familia es el lugar afectivo en el que se generan los valores comunitarios más sólidos y se aprende a amar y a ser amado. Allí se promueve el compromiso adulto con la vida pública y el bien común.

Avanzar en la reconciliación entre sectores y en la capacidad de diálogo. La sana convivencia social es el punto de partida para proyectarse como comunidad, encarando obras y caminos de amistad social, de cooperación y de integración.

Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. La calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones constitucionales, que, si funcionan deficientemente producen un alto costo social. La calidad institucional es camino seguro para lograr la inclusión social. Fomentar el trabajo cooperativo, los emprendimientos comunitarios y todo aquello que favorezca una sana distribución de las ganancias con un horizonte claro de servicio a los demás.

Mejorar el sistema político y la calidad de la democracia. Es imperioso formar dirigentes, forjados en el aprecio y el ejercicio constante de los valores sociales. Sobre todo, es imprescindible lograr que toda la ciudadanía pueda tener una mayor participación en la solución de los problemas, para que así se supere el recurso al reclamo esporádico y agresivo y se puedan encauzar propuestas más creativas y permanentes. De este modo construiremos una democracia no sólo formal, sino real y participativa.

Afianzar la educación y el trabajo como claves del desarrollo y de la justa distribución de los bienes. Urge otorgar capital importancia a la educación como bien público prioritario, que genere inclusión social y promueva el cuidado de la vida, el amor, la solidaridad, la participación, la convivencia, el desarrollo integral y la paz. Se ha de alentar el desarrollo de las comunidades de los pueblos originarios y de las familias minifundistas, favoreciendo el derecho a la propiedad de la tierra que habitan y trabajan. También es prioritario apoyar la investigación y la inclusión científica y tecnológica en favor de las personas y de la sociedad.

Promover el federalismo, que entraña la promoción de las economías regionales y la igualdad en las condiciones de vida, y también el acceso a las libertades y derechos, especialmente en lo que respecta a la educación, a la salud, al trabajo y a la vivienda digna.

Todos y cada uno de estos conceptos pueden ser meditados personalmente y discernidos en grupo; así podrán ser transmitidos, no sólo por la palabra sino por el testimonio
que entusiasma y genera una adhesión
conciente, libre y duradera.