por Juan Carlos Pisano

Consejos para ser donante-colaborador cristiano

Parafraseando un escrito que se le atribuye a Frei Betto, pero que aborda un tema absolutamente distinto y relacionado con la actividad política, me he permitido reflexionar acerca del espíritu del donante–colaborador cristiano y redactar algunos consejos para compartir entre quienes tratamos de darle una mano a La Fundación Gottau y, por lo tanto, al obispado de Añatuya. Cuando digo “ donante-colaborador cristiano ”, es porque hay mucha gente que es donante y no lo mueve el espíritu cristiano de la ofrenda y del compartir sino el aspecto solidario de una humanidad sensible; lo “ cristiano ” no lo hace ni mejor ni peor pero, ciertamente, tiene características particulares y específicas.

Replantearse permanentemente porqué donamos.
Periódicamente, y a menudo, debemos replantearnos lo que nos mueve a donar. Debemos tener cuidado porque es muy común el riesgo de “achancharnos” o “acostumbrarnos” a la donación y a convertirla en algo rutinario que sólo se hace por costumbre. Por supuesto que eso no deja de ayudar a los demás y sigue resultando beneficioso para el destinatario de nuestra ofrenda, pero no nos ayuda a nosotros mismos a darle sentido a la donación.

Somos donantes para tratar de paliar las injusticias que se dan a todo nivel y estamos seguros de que nuestro aporte mitiga en algo las necesidades de nuestros hermanos.

No es algo que hacemos para tranquilizar nuestra conciencia ni un gesto que nos otorgue “chapa” de buenas personas. Es una misión, un apostolado que asumimos como parte esencial de nuestra manera de vivir; no es una “chispa” que dura un par de minutos cuando se realiza el débito automático de nuestra tarjeta de crédito o cuando nos acercamos a una boca de “Pago fácil” para cumplimentar la donación; el espíritu de ser donante se manifiesta en nuestra oración diaria, en la participación de los sacramentos y en toda actitud en la que recordamos a los más necesitados.

La cabeza piensa donde los pies pisan.
Hay que ser conciente de que nuestra forma de pensar se modela allí donde estamos. Quien vive entre algodones termina pensando como si la vida fuera sólo un jardín de rosas. Quien pisa el terreno de los que sufren y luchan por la dignidad de la persona, puede, con mayor facilidad, pensar desde allí. Jesús se hizo hombre para “pisar” nuestra tierra y anunciar el mensaje de salvación desde al lado nuestro. Por eso, aunque nosotros hayamos alcanzado un “buen pasar” que nos permite ser donantes, no debemos olvidar que “andar al paso” junto a los que no tienen es la mejor manera de comprender sus carencias.

No avergonzarnos de ser donantes.
Es cierto que algunas situaciones y ambientes nos obligan a explicar por demás el porqué somos donantes en una Iglesia que no es perfecta y que es pecadora; hay muchas instituciones y la Fundación Gottau es una de ellas, que tienen una administración transparente y que se da el mejor de los destinos a nuestras donaciones. Es bueno insistir, ante los demás, que el mensaje de Jesús, la promoción humana y los valores del Evangelio valen la pena hacer un pequeño o gran esfuerzo.

Seamos críticos sin perder la autocrítica.
Muchos se tornan amargos y acusan a sus hermanos de errores y falta de compromiso. Como dice Jesús, vemos la paja en el ojo ajeno, pero no la viga en el propio. Muchos hacen am-pulosos “discursos” acerca de todo lo que podría hacerse si todos colaboraran de acuerdo con sus posibilidades y, sin embargo no lo hacen…

Hay que tener mucho cuidado con esa actitud porque los que critican y no se suman para mejorar las cosas se convierten en simples espectadores y jueces haciéndole el juego a los que pretenden descalificar el mensaje de Jesús. Es bueno criticar si se hacen propuestas para mejorar lo que se critica.

Por otra parte, siempre es importante la autocrítica, y no sólo para admitir los propios errores; es admitir ser criticado y aprovechar las críticas para revisar, evaluar y corregir lo que uno hace.

No olvidemos que ser donante es un servicio.
Aunque parezca obvio decirlo, ser donante es estar al servicio de la gente que se beneficia con nuestra contribución. No es un lugar de privilegio que nos pone “un escalón más arriba” de los demás, ni algo que nos da “prestigio eclesial” delante de la comunidad. El donante debería caracterizarse por estar siempre atento a las necesidades de los demás y hacerse presente, no sólo con la contribución mensual sino también interesándose en las obras que se realizan (por ejemplo, a través de esta revista) y, fundamentalmente, rezando por los destinatarios de la donación.
Un buen donante, en la medida de sus posibilidades, trata de profundizar su vínculos con sus hermanos y valora sus actividades y los proyectos comunitarios.

Seamos coherentes en nuestra conducta.
Los cristianos actuamos por principios y guiados por el amor. Algunos otros, actúan por intereses.
Debemos actuar con coherencia y que la donación sea el resultado de dejarnos guiar por el amor a los demás.

Alimentémonos con buenas lecturas y el discernimiento en comunidad.
Es necesaria la oración para cultivar el encuentro con Dios, como es preciso el cariño para nutrir el amor de la pareja. También son necesarias las buenas lecturas y el encuentro comunitario para alimentar el amor con que el donante hace su donación perseverante. Ayudarnos mutuamente a encontrar textos verdaderamente inspirados que nos permitan descubrir las claves de nuestra fe y nos den una mano para profundizar intensamente en los valores del Evangelio.

También hay que alimentar la esperanza y todas las virtudes que sostienen la espiritualidad del buen cristiano. En muchas oportunidades el donante siembra una buena semilla, pero no ve los resultados inmediatos. Apenas pequeños logros, pero los grandes frutos son a más largo plazo. Por lo tanto si no se alimenta la energía que debe movernos se puede caer en el desánimo.

Elijamos el riesgo de errar junto a los más pobres que tener la pretensión de acertar sin ellos.
Los más pobres no son mejores ni peores que los demás seres humanos. La diferencia es que son pobres, o sea, personas privadas injusta e involuntariamente de los bienes esenciales de la vida digna. Por eso, estamos al lado de ellos, por eso, la Iglesia hizo una opción preferencial por ellos. Por una cuestión de justicia. Un cristiano jamás negocia los derechos de los pobres y sabe aprender con ellos. Por eso, los donantes debemos ser desapegados de los bienes materiales y quienes contamos con ellos, saber usarlos en beneficio de la justicia.

Defendamos especialmente a los oprimidos y cuando nos recriminen diciendo que en los sectores más carenciados hay malvivientes, recordemos que en todos los sectores de la sociedad hay corruptos y bandidos. La diferencia es que, en la élite, la corrupción se hace con la protección de la ley y los bandidos son defendidos por mecanismos económicos sofisticados, que permiten que un es-peculador lleve una nación entera a la penuria y no se haga responsable por ello.
La vida es el mayor don de Dios. La existencia de la pobreza clama al cielo. Por lo tanto, si sostenemos estos valores, no esperemos jamás ser comprendidos por quienes favo-recen la opresión.

Recemos para estar en comunión con Dios y con los demás.
Rezar es dejarse cuestionar por el Espíritu de Dios. Muchas veces dejamos de rezar para no oír el llamado que nos exige una permanente conversión. Rezar es permitir que Dios subvierta nuestra existencia, enseñándonos a amar como Jesús amaba, libremente.

Y podrían decirse muchas cosas más. Y las diré. Mientras tanto, seguimos andando, no más.