por el padre Juan Ignacio Liébana

Tiempo y camino

El padre Juani, de 31 años de edad, es sacerdote del clero de Buenos Aires desde el año 2004. Este mes se trasladó a la diócesis de Añatuya para desarrollar su ministerio sacerdotal en una región a la que aprendió a querer a través de su labor misionera. Ahora trabaja con el padre Duilio Guerrieri en la parroquia Santo Cristo de la localidad santiagueña de Santos Lugares. En esta nota comparte con los lectores de la revista Gottau los sentimientos que le despierta esta nueva experiencia.

Conocí la diócesis de Añatuya gracias a las misiones que realizamos con el grupo misionero de la parroquia San Ramón Nonato de Capital Federal en julio del 2005. A partir de ahí, tanto en vacaciones de verano como de invierno, íbamos con algunos jóvenes a compartir la Palabra de Dios en unas comunidades cercanas a la ciudad de Añatuya, pertenecientes a las parroquia San José. A partir de esas misiones, fue como Dios me fue haciendo conocer de cerca la gente de esta diócesis, sus necesidades, sus inquietudes, sus formas de expresar la fe, su religiosidad, y sobre todo, su gran riqueza.

Y es así, como Dios, con su forma tan sencilla de hacer las cosas, fue cautivando mi corazón, a través del corazón de la gente de Santiago del Estero. Algo dentro mío me iba indicando que había modos más simples de vivir la fe, formas más cercanas al sueño original del Evangelio, formas de estar más en sintonía con la voz de Dios. Si bien, en Buenos Aires me sientí muy feliz de ser cura, con sus desafíos, dificultades, con su vertiginoso ritmo, su aparente “indiferencia” frente a las cosas de Dios; sentía de a poco -y hace mucho tiempo- que Dios me iba invitando a dar más pasos en mi entrega. Yo no podía quedarme en paz, al ver, que en muchos parajes, la gente tenía misa cada tanto. Mientras que en Buenos Aires, la gente puede hacer unas cuadras y elegir la misa que le queda más cómoda en un día común de semana. Esto golpeaba fuertemente mi conciencia y podría decir que no me dejaba tranquilo.

También reconozco que influyó mucho también un deseo personal de vivir un poco más atento a Dios y a su gente, sin estar tanto a las corridas, es decir, sentía que Dios me invitaba a tener una experiencia distinta del ministerio sacerdotal y de mi forma de ser pastor, viviendo de manera más radical la pobreza y la contemplación, el servicio y la fraternidad. También Dios, a través del camino me enseñó mucho. Los caminos andados durante las misiones de verano y de invierno con el grupo misionero, me fueron revelando muchas cosas.

El camino es algo que se hace compañero en el corazón del que misiona. De a poco, uno se va haciendo la idea de que hay que andar mucho para poder llegar a las casas. Y lo que en un principio puede resultar un poco molesto, y hasta tedioso, cansador y aburrido, se va tornando de a poco, en alguien amigo y compañero.

Durante los días de misión, uno va descubriendo que hay que caminar mucho y que gran parte de nuestro día transcurre caminando. Las casas no están cercanas unas de otras, por eso hay que caminar mucho. Y es en el camino donde uno va meditando, rumiando las experiencias vividas, donde uno va desgranando Rosarios, compartiendo la vida con el compañero de misión, dejando que de a poco vaya decantando tanto misterio vivido en la hondura de la misión. Junto al camino, también se va haciendo presente el silencio. Un silencio que no es vacío, sino plenitud. Un silencio que te permite recibir la Palabra que Dios siembra en tu corazón a través de las manos generosas de la gente de su pueblo y en la intimidad de la Palabra rumiada y sembrada en la oración de cada mañana. Un silencio pleno de palabras, de preguntas, de deseos, de evocaciones. Un silencio que se te va haciendo junto al camino sabiduría en el corazón, que va profundizando nuestras pobres vidas.

El camino te habla de tiempo, de espera, de promesa. El camino va serenando el corazón y lo va haciendo paciente, lo va poniendo a ritmo con el ritmo lento de la naturaleza, de Dios y de su gente. El camino te hace sentir tu esencia más profunda, la de ser un peregrino. El camino te recuerda que sos polvo, que del barro vinimos y al barro volvemos. Pero no cualquier barro, sino un barro amado, cuidado y modelado por Dios. Un barro que te recuerda que sos frágil, débil, lleno de imperfecciones, que no puede realizar todo lo que quisiera o esperara. Y que para realizarlo hace falta tiempo y camino.

La ciudad muchas veces nos hace olvidar el camino. Ya que muchas veces lo transitamos en algún medio de movilidad más rápido que el de la marcha de los pies. U otras veces lo hacemos acompañados por muchos ruidos externos que te hacen olvidar que estás caminando: un celular, un walk-man (¡que paradójicamente se traduce por hombre que camina!); publicidades, ruidos, etc. La ciudad muchas veces nos hace olvidar el tiempo, la espera, la paciencia. Apretando muchas veces un botón, tenés lo que querés y lo tenés ya. O marcando apenas 8 números, tenés la cena lista a la puerta de tu casa. La ciudad nos ha hecho olvidar del camino, que se transforma en maratón, en ver quién llega primero y quién llega a más lugares en menos tiempo.

En la misión, el camino educa tu corazón, lo hace serenar y conectarse con el ritmo lento, con el latir profundo de nuestra hermana madre tierra (como gustaba decir a San Francisco de Asís), con los tambores ancestrales que van marcando el ritmo lento de la vida. No por nada, en nuestras culturas aborígenes está muy presente este instrumento musical que marca lento el paso de la historia de la humanidad en comunión con el Universo y con el Creador.

El camino te hace percibir con todos los sentidos la riqueza del milagro de la vida y de estar vivo. La variedad de colores, de sonidos, de olores que despiertan al alma y la sacuden de toda fría homogeneidad que es presagio de muerte. La vida, para el peregrino, se le va abriendo y desplegando en toda su variedad, y de  a poco, lo va ubicando en uno más del paisaje, y lo va desplazando del centro y del ombligo del mundo. El camino te va haciendo pequeño al lado de tantas distancias, de tanta variedad, de tanta riqueza desplegada a lo largo del camino. El camino te hace humilde, te va bajando de pedestales falsos y mentirosos, te hace sentir hermano de muchos.

Fue así, en un camino transitado en la caja de una camioneta, yendo de un paraje a otro, donde el camino le habló también a una compañera de misión y a través de ella nos habló a todos. Ella venía con el corazón cargado en el último mes por una experiencia de dolor profunda, ella seguía anclada a su pasado, aún no lo podía soltar. Por la noche, en la oración compartida, dejó soltar de sus labios la lección que le dio el camino. El camino me ha hecho pensar –contaba-. Cuando uno mira para atrás, el camino no se ve con claridad, sólo hay polvo, tierra (más que nunca en Santiago donde hay muy pocas lluvias), no se entiende, no se ve. En cambio, cuando uno mira para adelante, descubre un camino inmenso y maravilloso que aún hay que recorrer. Dejemos de mirar para atrás porque sólo se ve confusión y tierra revuelta, es necesario comenzar a mirar para adelante para seguir andando. Esa noche, entre lágrimas tímidas de emoción que la oscuridad no dejaba descubrir a mis compañeros, en mi corazón resonaron nuevamente y con más fuerza las palabras de Jesús: El que pone la mano en el arado y mira para atrás, no es digno de mí. Deja que los muertos entierren a sus muertos, vos andá a anunciar el Reino...

En fin, se trata ahora simplemente de dar este paso, dando mi sí a Dios que me llama y me envía, pues tengo la certeza de que Él es quien me lleva a Santos Lugares y quien me quiere allí. Pequeños signos sencillos y simples me fueron confirmando esta intuición. Sé que es ponerme en camino, junto a tantos otros que lo vienen haciendo con humildad y sencillez, con absoluta e incondicional entrega. Quiero agradecer a todos los que tienen o tuvieron que ver con este paso en el camino. Me siento muy acompañado y respaldado por la fuerza que nos da la comunión de tantos hermanos en la familia que formamos de la Iglesia. Y es por ellos y gracias a ellos que puedo estar compartiendo esto con ustedes. Agradezco de corazón a Dios por su generosidad y su confianza en mí. Agradezco también a mi obispo, el padre Jorge Bergoglio, por su confianza en mi vocación misionera, su pleno apoyo y su generosidad; también al padre Adolfo que me recibe en su diócesis con gran hospitalidad y cercanía; al padre Duilio, párroco de Santos Lugares, con el que me siento feliz de poder compartir este tiempo y esta experiencia misionera, al lado de este hombre de Dios que hace tantos años viene sirviendo calladamente a esta diócesis.

También agradezco al clero de la diócesis de Añatuya que tuve la oportunidad de conocer y compartir unos días en la convivencia anual en Córdoba, agradezco su bienvenida y su hospitalidad, me alegra mucho el tenerlos como hermanos de misión. También a la fundación Gottau, con la que compartí actividades y eventos y gracias a la cual pude profundizar vínculos con la realidad de la diócesis y su pastor monseñor Uriona. Simplemente me confío a sus oraciones, para que sea fiel a Dios y a su pueblo. Confío mi fragilidad a su misericordia. Gracias.