Hermana Amelia 50 años de vida religiosa
La hermana Amelia Miani cumplió 50 años de vida religiosa, y 43 de misión en Añatuya.
Pertenece a la Compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.
Con sus 83 años y una lucidez admirable nos recibió con su habitual alegría
y cordialidad para compartir el tesoro de su vida.
¿Cómo fueron sus comienzos en Añatuya?
Mi llegada a Añatuya fue en 1964. Vine a reemplazar a una hermana y terminé quedándome 43 años. Al principio fueron momentos muy duros: había mucha pobreza y sufríamos la falta de agua. Comencé como enfermera en el hospital zonal, el cual me impresionó mucho. Yo venía del Ramos Mejía; me había preparado para el quirófano… ¡Y aquí apenas contaban con el mínimo material, sin sillas ni sábanas!
¿Cómo la recibió el obispo Gottau?
El recibimiento y la fe de monseñor Gottau fue lo que más me animó y a la vez quedé impactada por su sencillez y humildad. Él nos dejó su casa del hospital para irse a vivir en una casa de alquiler con 4 habitaciones sin ventana y un baño tipo letrina. San Vicente decía “Tendrán por monasterio un cuarto de alquiler” y fue monseñor quién vivió esa realidad y no nosotras. Al principio nos rechazaban a nosotras y a él; pero también encontramos muchas familias buenas que nos abrieron las puertas.
Ante este panorama le decía al obispo que había que ser santo o loco para estar allí y él respondía: “Hermana Amelia, aquí hay que esperar los tiempos de Dios y pasarán 50 años antes de ver los frutos… Debemos apuntar a la catequesis y trabajar en las escuelas”.
¿Cómo fueron las raíces de su vocación?
Lo que me hizo mantener fiel a Dios durante tantos años fue el haber tenido una familia muy cristiana. Recuerdo que mi padre nos decía: “Allí donde Dios te lleva, ahí tienes que florecer”. De niños no nos íbamos a dormir sin antes rezar el Rosario. Y qué curioso: nací un Miércoles de Cenizas, mi gente me decía que ya llevaba el sello… Me bautizaron en Pascua y a los 6 años, en mi primera comunión, me impusieron la Medalla Milagrosa, a quien yo todavía no conocía.
Vivimos tiempos de pobreza y cuando pudimos estar bien, recuerdo que mi padre prefirió hacer primero la capilla para la Virgen antes que la casa para nosotros.
¿Cuál fue la clave para permanecer fiel a Dios y en este lugar?
En los momentos difíciles que me tocó vivir acá, como haber llegado a sufrir sed, me sostenía la palabra del Señor: “Hay que entrar por la puerta estrecha,” o “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás no es digno de mí…” La Virgen me acompañó en todos estos años. Yo hice todo lo que pude y luego confié en la misericordia de Dios, quien me fortaleció día a día.
Frente a tanta pobreza recordaba siempre las palabras de San Vicente “Hay que socorrer a los pobres como si fueras a apagar un incendio”.
La presencia de monseñor Gottau fue también mi sostén, sin él no hubiera podido. Siempre tuvimos su apoyo espiritual y material; cada vez que nos visitaba solía dejarnos un sobre con dinero para los pobres. Vivir con él era vivir con un santo. Fue admirable; era un hombre enérgico pero pacífico.
Pienso que para cambiar el mundo tiene que haber “sacerdotes santos”; estoy convencida de que Jorge Gottau lo era; no sólo por todas las obras que realizó, sino por todo lo que sufrió desde su llegada; él nunca se quejó de nada y hasta sus últimos días ofreció todo su dolor por la diócesis de Añatuya. Yo rezo mucho por los sacerdotes y ofrezco toda mi vida por la santidad de ellos.
¿Alguna vez pensó en irse?
En todos estos años jamás pensé en irme de Añatuya porque Dios me trajo aquí para santificarme, y si tuviera que volver a nacer volvería a Añatuya porque aquí fui muy feliz. Doy gracias a Dios por ser campesina; esto me ayudó a comprender y a ayudar a la gente del campo. Dios ve y Dios provee.
¿Cómo celebró sus cincuenta años de vida consagrada?
El 12 de agosto de 2008 en la Catedral celebramos una misa de acción de gracias por las bodas de oro. Fue la culminación de la gracia de Dios para ser fiel. Ver allí a casi todo el pueblo acompañándome, en medio de ese clima de alegría, de gozo, me llevó a pensar qué cierto era lo del “tiempo de Dios”… ¡Jamás me hubiera imaginado cuando llegué, vivir un momento así!
Las Hijas de la Caridad en Añatuya
Las religiosas de la orden fundada por San Vicente de Paul fueron las primeras en llegar a la diócesis de Añatuya.
Ellas atienden muchas obras del obispado en la localidad de Añatuya:
El complejo Santa Rosa que está conformado por un hogar de ancianos, un hogar de niños huérfanos, una residencia estudiantil para chicas en edad de secundaria y un centro materno infantil.
Además están a cargo de la escuela especial Santa Margarita, la escuela primaria Medalla Milagrosa y la escuela de capacitación laboral San Vicente de Paul.
También prestan su servicio a los más necesitados en el hospital zonal de Añatuya.
La labor de las hermanas es muy importante y son muchos los beneficiados por su servicio realizado con entrega y dedicación durante tantos años.
En 2009 han dejado de atender el hogar de discapacitados severos San Vicente, que fue asumido por los religiosos de la obra Don Orione.